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Se cumplen ahora 30 años del primer Congreso Nacional de Putas, en Berlín, que duró cuatro días, hasta el 27 de octubre de 1985.
Desde cinco años antes, la organización Hydra, fundada por prostitutas alemanas, luchaba por asegurarle un mínimo de derechos a la dizque profesión más vieja del mundo, y que para nada había decaído como consecuencia de la revolución sexual de los sesenta. Según las cifras oficiales, tan sólo aproximadas, en el 2010, a los 25 años del congreso, eran cerca de 800.000 las meretrices activas en Alemania, y su rendimiento económico frisaba en un mínimo de 10.000 millones de euros. Sólo que la parte del león de esa cantidad se la llevaban los proxenetas, los propietarios de lupanares y bienes inmobiliarios, y no en último término el Proxeneta Mayor, es decir: el Fisco.
Curiosamente, en las demandas de las participantes del congreso berlinés se sentía algo así como la nostalgia por el tiempo perdido. ¡Cuán lejanos los tiempos en que las prostitutas ejercían su profesión incluso en los templos! Sin que tampoco falten ejemplos de mujeres de la vida con una influencia notoria en la política; el ejemplo que siempre sale a relucir es el de Teodora, la bella y sabia emperatriz de Bizancio, quien de joven se desempeñó en una mancebía de Constantinopla. Por lo demás, en la Edad Media las rameras trabajaban protegidas en burdeles municipales, con ingresos garantizados y pensiones de jubilación. Fue recién con la Contrarreforma, tras el Concilio de Trento, que se estigmatizó a la prostitución, igual que al pensamiento libre. Y eso a pesar de que la mejor amiga de Jesús fue María de Magdala, a quien la Iglesia santificó, para disimular.
De aquel congreso de 1985, que seguí en su día, lo que más me convenció fue que sus participantes reivindicaran la palabra “puta” como sustantivo definitorio de su profesión. En eso pienso como el escritor austríaco Erich Hackl, de quien por aquel entonces traduje un texto donde se rebelaba contra la estigmatización (interesada) de palabras que eran simplemente unos sustantivos neutros en sí: las palabras “judío, negro, gitano”. Hackl se defendía en él contra el hecho de que le amputasen el léxico con fundamentaciones dizque políticamente correctas y en verdad sólo hipócritas. Si el santo y seña de lo humanamente correcto es llamar al pan pan y al vino vino, a las putas hay que llamarlas así porque la etimología remite al latín putta (muchacha, especialmente chica de la calle). Todo lo que tendría en contra de que ese fuese el sustantivo cabal es que de tal modo, indirectamente, se beneficiarían en dignidad los políticos y los árbitros de fútbol. (Y que se salve quien pueda).
