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6 Aug 2022 - 2:00 a. m.

Rolando Hinojosa

Murió el 22 de abril y me vine a enterar hace unos días, además de por qué dejó de contactar conmigo desde el verano del 2014, cuando vivimos juntos en esta casa el Mundial de Brasil. Luego un silencio absoluto, a pesar de que llevaba viniendo a pasar algunas semanas con nosotros, todos los veranos, desde 1990. Rolando era como de la familia. Pero no quiso decirnos que enfermó de demencia, y luego, claro está, ya no nos lo pudo decir.

El año 2007, en un artículo aparecido en Los Ángeles, México y Madrid, lo propuse para el Premio Cervantes, y lo repetí justamente en el 2014. A mi leal saber y entender, a ese Premio le incumbía el reconocimiento de una literatura escrita en el peculiar español de los EE.UU., y sobre todo de la literatura chicana, de la que Rolando Hinojosa era el mascarón de proa indiscutible.

Su trayectoria literaria es de tanto calibre que resulta inexplicable constatar como un narrador tan grande, tan fabuloso, “tan rico en aventura”, era [es] lastimosamente desconocido fuera de su público chicano, y algo en México, y de los medios académicos de todo el mundo especializados en literatura chicana. Para ellos, el nombre de Rolando es un santo y seña, el patriarca de esas letras, el fundador de un territorio mítico, El Valle, que en los propios EE.UU. compite con el Yoknapathawpha de Faulkner, y en nuestro mundo hispánico se echaría un pulso con Comala y Macondo.

No sé si tiene mucho sentido enhebrar aquí, como perlas de un collar, los títulos de sus libros: Estampas del Valle, Klail City y sus alrededores (que fue Premio Casa de las Américas 1976, cuando ese premio significaba algo), Mi querido Rafa, Claros varones de Belken y last but not least –como decimos los puristas– Becky y sus amigos. Wolfgang Karrer, un profesor alemán especialista en esta obra, ha levantado un censo de los personajes que pueblan El Valle, y su número se acerca al millar. Es un mundo lleno de savia y de vida, de gracia narrativa como muy pocas veces le ha sido concedida a un narrador de nuestro idioma: tal vez a Galdós, tan amado por Rolando, quien se doctoró con una tesis sobre el dinero en la obra de don Benito.

Me limité entonces a decir que eran los especialistas quienes tenían la palabra. No me oyeron. Pero pocas veces podrían haber concedido con tanta justicia el Premio Cervantes, en el otro lado del gran charco, como a quien izó tan alto en el mástil la bandera del español en USA. Ahora, igual que siempre en España, es ya demasiado tarde. Aunque, eso sí, Rolando está en buena compañía: tampoco recibieron el Cervantes ni Juan Rulfo ni Mario Benedetti ni su amigo Julio Cortázar. Descansa en paz, querido amigo y maestro.

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