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12 Nov 2021 - 1:00 a. m.

Sobre unos juguetes de los jemeres rojos

Mi amigo Esteban Carlos Mejía, asimismo presente en este columnario, se extrañó un día al leer en mi dietario que en Colonia detectaron de nuevo, como varias (muchas) veces al año, una de las bombas que no explotaron de las arrojadas sobre la ciudad durante la Segunda Guerra Mundial.

Colonia fue la ciudad alemana más bombardeada en esa guerra, nada menos que 262 veces, 31 de ellas en modo alfombra, una vez –¡cómo cuesta imaginarlo!– con mil bombarderos. El último ataque fue el 2.3.1945, a dos meses del fin de la guerra y con la ciudad convertida en un montón de escombros. El grandísimo hideputa que fue Goebbels se mofó en público de la caída de Colonia en manos americanas diciendo que se habían entregado al enemigo las ruinas de la ciudad.

Y el sábado pasado, leyendo la prensa encontré la noticia de que desactivaron una bomba de 900 k, también de la Segunda Guerra Mundial, en Préveza, hermosa ciudad griega a la orilla del golfo donde se libró la batalla de Actium. Recorté la gacetilla para unirla a las que colecciono para el hijo de una amiga, que sabe alemán, vive en Karlsruhe y tampoco podía creer que hubiera en Colonia tantas bombas sin estallar desde la guerra. A este recorte le añadí a mano la fecha, como siempre, y una observación: «No sólo en Colonia». Fue porque pensé además en los campos de minas sin detectar en Camboya.

Lo cierto es que anoté ese dato el sábado en mi dietario, sobre las minas sin detectar, y tras la comida del domingo leí en Chrismon, la revista mensual de la iglesia protestante, un artículo acerca de las ratas que emplean en Camboya para detectarlas. Son de una raza especial, africana, cuyo nombre alemán traducido sería “rata–hámster gigante”. Disponen de un olfato tan desarrollado que detectan minas hasta 20 cm bajo tierra. Cuesta aproximadamente 6.500 $US el entrenamiento especial a que se las somete y que dura nueve meses. Después del adiestramiento son muy rápidas. Una rata así entrenada es capaz de rastrear en ½ hora un terreno tan grande como una cancha de tenis, mientras que una persona empleando un detector de metales necesitaría cuatro días para ello. Interesantísimo el artículo pero hay una frase en él que me heló la sangre: los jemeres rojos no vacilaron en sembrar minas disfrazadas de juguetes, de tal modo que atrajesen a los niños y...

Y bueno, no sigo porque me invade el pecho una rabia homicida. Soy un abolicionista acérrimo de la pena de muerte, pero juraría sobre el librito rojo del tal Mao (la lectura preferida del sanguinario cabecilla jemer Pol Pot) que no me importaría estrangular con mis propias manos, sin el más mínimo remordimiento, al primer secuaz suyo que cruce mi camino.

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