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Petra Strien, una buena amiga, y abnegada traductora del castellano al alemán, nos llamó un día, diciéndonos que estaba con Soledad Puértolas, la gran novelista española, y que ella (Petra) estaba muy cansada pero al mismo tiempo sabía que no la podía dejar sola a Soledad, a pesar de su nombre, que casi la condena a estarlo.
Y no la podía dejar sola porque se daba cuenta de que Soledad no se sentía bien, y pensaba que cenar juntos, ellas y nosotros, podría levantarle el ánimo. Le dije que encantado, pero que, ¡por favor!, ni se le ocurriese llevar la conversación al terreno de la literatura española contemporánea para no poner en evidencia que no sé casi nada de ella y que a nuestra compañera de cena sólo la conocíamos de nombre. Petra me dijo que no habría problemas, así es que vinieron a buscarnos en el autito de la buena Petra y nos fuimos a cenar al restaurante Las Palmas, de nuestros queridos gallegos Otilia y Antonio.
La comida la recuerdo como buena, y la conversación como muy divertida (aseguran quienes me conocen que sería capaz de hacer reír incluso a un grupo de suizos del cantón de Berna). Al final, Antonio nos preguntó a qué nos podía invitar la casa, y yo respondí, perro pauloviano que soy, “Pues con un simbólico”.
Soledad quiso saber qué cosa era ésa tan mallarmé, la de pedir un simbólico en un restaurante gallego de nombre canario en un barrio alemán. Se lo expliqué, una explicación que no hace al caso pero en la que se sustenta la amistad que iniciamos entonces. Una amistad sobreviviente a frases mías tan lapidarias como “La lectura de la literatura española contemporánea no se cuenta entre mis vicios nefandos”. Pero a Soledad sí que la leo, e incluso hice una reseña entusiasmada de su libro de cuentos Gente que vino a mi boda, un título que ya provoca a la lectura. Y que les recomiendo de todo corazón.
La protagonista y narradora del relato que da título al volumen nos dice en un momento determinado: “Las cosas no deberían desaparecer, me digo, las cosas bellas que hacemos lentamente, en las que ponemos todo lo que somos, lo que nos hemos empeñado en ser. No sé si pienso mientras coso, creo que muchas veces no pienso en nada, sólo percibo el tiempo que transcurre con placidez, mientras yo también transcurro en su interior, guardada dentro de la burbuja del tiempo que se desplaza con lentitud y sumo cuidado para que lo que se contiene en ella no sufra en el traslado”.
Si sustituimos “coso” por “escribo”, creo que nos hemos acercado a la clave de su escritura en esta costurera del oficio de narrar, maestra en el arte de la sisa (según la primera acepción sartorial registrada por doña María Moliner).
