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El pasado fin de semana, por motivos ajenos a esta columna, estuve releyendo unos poemas de Rubén Darío, y un verso suyo me hizo volver a pensar en la extensión de nuestro idioma.
Ya el 20.1.2012 traté en este mismo espacio el tema del telenoveñol. Fue cuando mi polifacética amiga Snežana Stanojevic me escribió desde Belgrado contándome un efecto colateral de las telenovelas sudamericanas transmitidas por la TV serbia: que sus paisanos se han acostumbrado a emplear en la vida diaria expresiones tales como “hija mía”, “lárgate de aquí”, “mi corazón”, “cierra la puerta, por favor”, y muchas otras más.
Creemos, porque nos lo machacan continuamente, que el inglés es la lingua franca de nuestro tiempo, pero no nos detenemos a pensar que nada más lo es del segmento técnico de la vida. Si ustedes acuden al Diccionario de Autoridades de la lengua castellana, de 1726, encontrarán que las palabras “babor” y “estribor” estaban incluidas en él con una “d” al final, y se les adjudicaba una etimología falsa: del francés, cuando en realidad al francés llegaron del neerlandés. Pero lo sintomático es que si se les atribuyó una etimología francesa es porque en 1726 la lingua franca era el idioma de Molière.
Dicho en otras palabras: de la misma manera que “babor” y “estribor” son hoy palabras tan castellanas como cualquier otra, llegará el día en que nadie recordará el origen anglosajón de (por ejemplo) “email”, y eso será porque todos lo llamarán “emilio”. Una vez más en otras palabras: creo que este idioma nuestro, el castellano, dispone de una capacidad intrínseca de humanizar conceptos que el inglés jamás podrá alcanzar: haría falta un nuevo Shakespeare.
Y es aquí que viene a cuento aquel verso de Rubén Darío en su Oda a Roosevelt, donde dice —cito literalmente— “de la América ingenua que [...] aún habla en español”. ¿Qué significa ese “aún”? ¿Significa que Rubén Darío era un pesimista y pensaba que la América ingenua terminaría hablando el idioma del Norte poderoso? No, con seguridad que no, pues de lo contrario no sería congruente el resto del poema.
Así pues sólo cabe la explicación de que ese “aún” era tan sólo una sílaba que le faltaba para componer el segundo hemistiquio de un alejandrino (no se me espanten: sólo quise decir la segunda mitad de un verso de catorce sílabas). Pero incluso en el caso de que fuese cierta la alternativa del pesimismo de Rubén, pienso que podemos tranquilizarlo post mortem: a esta altura del partido se han cambiado las tornas y más bien ya puede empezarse a decir que los Estados Unidos del Norte de América situados entre el Canadá y los Estados Unidos Mexicanos, aún hablan inglés. Aún.
