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A LA GORDA DE BOTERO DE LA PLAZA Santo Domingo de Cartagena la sobadera constante le ha descolorido el negro cobrizo de sus pechos erguidos y menudos hasta el punto de revelar el verdadero color de su piel: un ocre luminoso.
Dicen que trae suerte tocarla. Puro invento. Pasa que acariciar carnes ajenas, así sean de impávido bronce, es un sueño recurrente. La práctica habitual es, por el contrario, “mírame y no me toques”. Así las mujeres desnudas de las revistas venden hoy el deseo de tocar a través del acto de mirar. Dirán algunos que el placer como tal reside en el voyerismo, esa posibilidad de ser espectador de primera fila sin que nadie se dé cuenta. Pero, ¿quién está observando a quién? Me temo que las mujeres se desnudan para mirar también, y gracias a ese pulso silencioso entre modelo y artista contamos con desnudos antológicos.
No sé cómo reaccionó Napoleón al saber que Paulina, su hermana preferida, la única que tendría compasión por él en la isla de Elba, había posado desnuda en un reclinatorio para el escultor Antonio Canova. Sus dos pechos medianos se ofrecen tan naturales como las cuencas de sus ojos que miran hacia otro lado, ajenos al fragor que ocasiona su piel de mármol ante los turistas que la visitan hoy en la Galería Borghese de Roma. Paulina está ahí, en una indiferencia abrumadora y desafiante. Ella, la mujer de tantos amoríos, ¿se gusta sobre todo a sí misma y es ese el clímax de su deseo?
A Rafael el amantazgo con la hija del panadero lo trastornó de veras. Jovencísima y enamorada, Margherita Luti lo mira semidesnuda con sus ojos negros. ¿Quién dijo pudor, quién dijo escándalo? A La Fornarina no parece importarle pues tenía consigo la prueba de su amor.
De sobra es sabido el caso de la duquesa de Alba, señalada en los corrillos como la modelo que Goya retrató por primera vez con vello púbico y a la que puso el nombre de La maja desnuda. Hubo juicio contra el artista, la Inquisición intervino. Aquella mujer misteriosa apodada “La Gitana” despereza su cuerpo de frente y deja que se abran sus carnes ante el público. ¿Su mirada está dedicada a Manuel Godoy, quien supuestamente había encargado el cuadro?
En Sueño, las modelos de Gustave Courbet entrelazan sus cuerpos y se abandonan. No miran al espectador. Sus párpados cubren la fiereza de cinco minutos antes. El desnudo es total y a ellas, ¿alguien les pagó vacaciones, gafas de sol, carteras y cenas en una isla secreta para que repitieran la escena del cuadro?
Como por seguir con la línea “artística”, valga el ejemplo más contemporáneo de La Pasión registrado por el fotógrafo Mauricio Vélez. Este cuadrito de la Última Cena versión criolla, publicado por Soho, dio para un proceso judicial, protestas en la calle y rasgadas de vestiduras, pero nunca se habló de las pestañas cargadas de rímel que enmarcaban la mirada non sancta de Alejandra Azcárate. ¿Valieron el desnudo y el escándalo para sellar su futuro profesional?
La escritora Jane Rhys le confiesa a su entrevistadora Elizabeth Vreeland, en 1979, después de revisar toda su trayectoria literaria “...estoy empezando a sentir que no quiero seguir haciendo un striptease mental... Creo que escribo sobre mí misma, porque eso es lo único que verdaderamente conozco”. ¿Es su cuerpo desnudo lo que algunas mujeres más entienden de sí mismas y eso las lleva a empelotarse sin darle más vueltas al asunto? “Yo soy dueña de mi cuerpo”, se lee en una bandera. Quizá la confesión venga después, cuando la encuerada ya fue y hay que probar que no se trata sólo de un par de ojos con ganas de despacharse un novio tras otro.
