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OJEANDO SOLAPAS Y CONTRATApas de libros, una actividad liviana con la que suelo despejar ciertos nubarrones, encuentro en Páginas de enmedio, del escritor Ramón Cote Baraibar, una frase de Paul Auster que viene como anillo al dedo. “Cuando algo ocurre, y desde el momento en que empieza a suceder, nada puede volver a ser lo mismo”, dice el autor norteamericano en relación con la trama que al escribirse, modifica inevitablemente y para siempre lo que fue página en blanco.
La sensación de pérdida, de lo que ya no se puede recuperar, aflora inmisericorde cuando ocurren hechos que modifican para siempre la realidad. Así las cosas, la recolección de firmas para un próximo referendo quedó enlodada con el accionar maluco de Giraldo y compañía. El referendo es un figura estupenda prevista en un sistema democrático para que la sociedad civil incida en temas de envergadura para el país. Ahora, hasta una impulsadora de supermercado se las va a ver con el gesto, como mínimo escéptico, de quienes ya no creerán siquiera en la transparencia de firmar en apoyo de la causa de niños desnutridos al comprar galletas con vainilla.
En el Museo Nacional de Bogotá se exhibe por estos días una exposición magníficamente curada en torno a la increíble obra de José Celestino Mutis, “el naturalista, sacerdote, empresario y minero”, como definen al español afincado en Colombia a finales del siglo XVIII y que reveló al mundo las maravillas de la flora nacional. Se exhibe un poco de todo: retratos del científico en posición de trabajo, cajas para guardar quina, reglas graduadas, estuches para compases, cofres tachonados y, lo principal, la selección de 25 láminas a color que presentan la bella delicadeza de la Kyllinga pumila Michx como un tallo perfecto y elevado, la Aristolochia de hoja de anturio rosado, la Odontoglossum naevium con sus pétalos de orquídea melancólica o el Malvastrum. Pero algo empaña la emoción ante el trabajo de estos hombres de ciencia quienes, según la pintora Beatriz González, “tienen tanto método como talento porque superan la lámina científica y son verdaderos esclavos del arte porque ofrecen, con la perfección de sus dibujos, la planta viva”. Resulta que el conquistador Morillo se robó las casi 7.000 láminas hechas por el equipo de Mutis y las llevó a España. Por eso, hoy figuran como propiedad del Jardín Botánico de Madrid. Comprenderán entonces que la mirada sobre los dibujos no pueda estar exenta de cierta rabia. Como dijo una señora encopetada: “entonces, por lo menos, que nos dejen estas 25 obras aquí, de vuelta”.
Un ejemplo más de lo que ya no vuelve a ser lo mismo cuando se afecta: el honor. Aunque nos quieran hacer creer lo contrario quienes purgan penas por parapolítica en las cárceles del país, la verdad es que causa erisipela tener que aguantar su perorata acerca del buen nombre y de la moral, de la forma abnegada en que están pagando sus pecados veniales. Como si poseyeran el quitamanchas milagroso capaz de volver a su color original su moteada honra. Por favor, no más declaraciones y fotos y libritos. ¿O es que acaso sienten que la culpa no les corresponde? Como uno de los capos que trabajan para Tony Soprano en la genial serie Los sopranos, que exclama aquella frase magistral de El padrino: “cuando pensaba que ya estaba por fuera —de la mafia, se entiende—, me empujan a meterme de nuevo”.
Ese estado de lo irreversible que describe Auster me afecta en muchos otros escenarios: el de los minutos esplendorosos que pasan y no se repiten nunca igual; el de conocer una información que modifica hondamente mi posición frente a ciertos temas; el de presenciar cómo se va matizando la mirada transparente de mi hijo o el de volver sobre un párrafo leído con la ingenuidad de querer recuperar aquella primera emoción y constatar que esta segunda es tan diferente como me temía. Benditos los artistas que tienen el don y la capacidad para atrapar ese instante que no regresa. Y curiosamente es su lamento el que más resuena. Como si los demás anduviéramos como corderitos lechales, inocentes de nuestro destino.
