Publicidad

Los memoriosos

Sigue a El Espectador en Discover: los temas que te gustan, directo y al instante.
Rocío Arias Hofman
27 de septiembre de 2008 - 01:55 a. m.
Resume e infórmame rápido

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

0:00

/

0:00

DICEN QUE LOS VIEJOS SON LA VOZ de la experiencia y además sabios. Lástima las frases de cajón. Suenan bien, se repiten mucho y terminan por hartar hasta el punto de volverse tan inverosímiles como aburridoras. Estoy sentada en una silla que me mantiene la espalda recta para evitar que las ensoñaciones se conviertan en sueñito de atardecer.

Veo las copas de los árboles y los tejados de los edificios que se extienden hasta el horizonte del occidente de Bogotá en medio de una bruma veteada de naranjas, grises y verdes. Con el ocaso se vienen en cascada varias personas muy mayores que conozco. Cómo me gustan. Desde siempre me han intrigado las arrugas y las pecas grandes que marcan sus manos. Qué curiosidad asomarse a esas miradas acuosas que parecen perdidas en el tiempo. Cuántas palabras deben llevar por dentro. Repaso sus caras despacio.

Las introduzco mentalmente en pequeños marcos como si se trataran de camafeos y luego los voy ensartando hasta terminar con un rosario de rostros afilados, huesudos, de mentones retrocedidos y cejas despeinadas entre mis manos. Voy pasando cada uno de ellos al modo de las rezanderas, sobando cada cuenta y musitando oraciones. Un rito para tenerlos cerca aunque ellos no lo sepan. Me da lástima Bazárov, un personaje creado por el escritor Iván Turgueniev en su novela Padres e hijos, cuando rechaza —bravucón y nihilista— cualquier comentario de los viejos Nikolai y Pável. Un bobazo ese Bazárov que sentencia y condena a destajo.

El poeta escocés Alastair Reid me cuenta que a sus 87 años viaja anualmente desde Nueva York, donde ha vivido casi toda su vida hasta su país natal solo para sentarse durante diez días en un banco frente al mar del Norte con un amigo de la infancia. Dice que hablan por horas mientras se les calienta el whisky entre las manos.

Conocí a Jane Paukstis en un ancianato en las afueras de Detroit. Tenía 92 años y las enfermeras le anudaban su pelo gris en una trenza que le caía larguísima en la espalda. Decían que era imposible tratarla. Se quedaba mirando ferozmente la pared durante buena parte del día mientras movía las manos con el preciosismo de una bailarina. Un día encontré de casualidad la palabra que desencadenó su historia: Lituania. Ningún libro me ha contado mejor la devastadora Segunda Guerra Mundial mejor que ella.

En busca de la voz de Julio Cortázar encontré hace más de diez años a Álvaro Castaño Castillo. Su conversación punzante y estupenda me ha hecho conocer la Bogotá que nunca viví. El fundador de la antológica emisora cultural HJCK continúa contagiándole a la inmensa minoría el gusto por estar vivo.

Los viejos aprietan fuerte cuando te dan la mano. Te escuchan con atención y te regalan historias sin egoísmos. Son los memoriosos que necesito para vivir en este mundo poblado por personajes efímeros y gritones, malencarados y buscapleitos. Estos viejos que yo conozco sí saben, qué le vamos a hacer. Musito la frasecita manida y me quedo observando cómo desaparece el sol.

Conoce más

Temas recomendados:

 

Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación
El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.