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Carta a las niñas de María

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Rodolfo Arango
06 de noviembre de 2008 - 01:41 a. m.
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A VUESTRA CORTA EDAD POCO ENtenderéis estas palabras. Os escribo para solidarizarme con vosotras y para rodearos de amor en estos momentos de desolación y de tristeza.

Sé que perdisteis a vuestra madre de una manera absurda, innecesaria, injusta. ¿Por qué tuvo que salir esa mañana a ordeñar las vacas para traeros leche caliente temprano a la cama? ¿Qué hado maligno de la fortuna llevó a militares sedientos de premios y ascensos a cegar su vida, convirtiendo la vuestra en un pozo insondable de dolor, de vacío, de desesperanza? ¿Quién la reemplazará a la hora de arrullaros y de cobijaros antes del sueño? ¿Qué mujer con amor de madre estará allí para conjugar vuestras lágrimas o para daros sustento cuando necesitéis apoyo? ¿Quién podrá consolar a vuestro desolado padre, transido de dolor y de angustia por el vuestro, ángeles inocentes? ¿Acaso puede haber un absurdo mayor que ver asesinada a María Leguizamón, presentada como falso trofeo por una generación de soldados, dirigidos por erráticos comandantes supremos?

Lo único que conocemos es vuestro semblante errante, de la mano de vuestro padre, por las yertas calles bogotanas, deambulando como cientos, miles, millones de desplazados. ¿Hacia dónde? ¿Con cuál destino? ¡Cuánto quisiéramos muchos, la mayoría, arroparos bajo nuestros brazos y evitaros tan inconmensurable sufrimiento! Cualquier destitución masiva, cualquier renuncia militar, cualquier debate de censura ministerial, cualquier ley de víctimas —¡ni siquiera ésta la contemplan los desalmados!— es poca compensación por una vida truncada en la flor de la existencia y por una memoria trágica que os acompañará siempre. Tú, pequeña de dos años, y tú, su hermana de seis, tendréis que aprender a salir del infortunio, conscientes de que lo hecho a vuestra madre no debe ser hecho a ninguna madre, ¡nunca más! Vuestra fuerza en esta cruzada por la paz de Colombia emana de vuestra inocencia y de la autoridad moral que os da la injusticia cometida. Os queda la búsqueda de justicia. Millones de colombianos os acompañan. Vosotras sois víctimas del mal radical de los hombres. La injusticia infligida a vosotras resume toda la injusticia del mundo. Vuestra situación debe ser atendida directamente por los responsables políticos. Un techo cálido y  seguro debe ser brindado inmediatamente a vosotras y a vuestro padre por los primeros en la cadena de mando, incluso de su propio bolsillo. Ellos han debido prever las posibles consecuencias de su política de tierra arrasada, de premios por muertos, de recompensas por bajas “enemigas”.

Vendrán tiempos mejores, queridas niñas. La sociedad colombiana, bajo la guía de un buen gobierno, se ocupará de vosotras y no permitirá que las fallas de sus agentes os condenen a la humillación y al desamparo. Aunque suene lejano y extraño, las cosas han empezado a cambiar. Humanistas y defensores de derechos humanos desplazan a los realistas de la política. La guerra, la desconfianza y el odio son sustituidos por anhelos de justicia, de respeto y de dignidad humana. Soplan vientos de cambio. La elección del primer presidente afroamericano en la historia de los Estados Unidos, Barack Obama, no sólo es una ganancia para un país deshonrado por la mentira de sus líderes, sino una ganancia para el mundo que recupera el principio de esperanza. También Colombia es ganadora. Los derechos humanos ocuparán el lugar que les corresponde, prioritario sobre los intereses económicos particulares. Vuestra madre, María, habrá contribuido también, sin quererlo, a dicho cambio. Es sólo cuestión de tiempo… Vendrán, niñas queridas, tiempos mejores.

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