CAMINO DIFÍCIL EL DE CONSTRUIR un partido de izquierda democrática, alternativo a la vieja forma clientelista de hacer política con tejas por votos y votos por puestos.
Obstáculos de toda índole se erigen en la travesía: una guerrilla degradada que pervierte los ideales humanistas de cambio y justicia social; la macartización de los líderes de la oposición por un Presidente convencido de su misión mesiánica de pacificar a sangre y fuego el país; la distorsión de la realidad por medios de comunicación con intereses en el Gobierno y apáticos al peligro de una dictadura fascista (re-reelección, persecución a Patricia Ariza y a Santiago García) que amenaza la democracia colombiana.
Superar las dificultades de conexión con los diferentes sectores del país para movilizarlos a votar en contra de las maquinarias electorales y en defensa del trabajo digno, de la solidaridad y de la paz, así como en contra de la pobreza, de la desigualdad y de la exclusión social, es el reto que se le plantea a la izquierda democrática. La indignación popular crece como consecuencia de los falsos positivos, de los asesinatos de indígenas, de líderes sindicales o populares y defensores de derechos humanos. El clamor contra la injusticia y contra el abuso del poder aumenta, mientras la movilización social es más activa y solidaria. El malestar de los sectores excluidos —desplazados, indígenas, campesinos, pequeños comerciantes, artistas, intelectuales, estudiantes— debe traducirse en redes de apoyo al pensamiento libre, progresista y honesto de la izquierda democrática “radical”, como avanzada democrática contra la toma mafiosa y plutocrática del poder que vivimos actualmente en Colombia. ¡Sobrada razón tenía Julio Nieto Bernal en su postrera carta!
Otros desafíos que enfrenta la izquierda democrática alternativa son la toma electoral de las corporaciones públicas, en particular el Congreso de la República, y la reforma estructural de la Constitución, descuadernada por la fiebre reeleccionista. Su gran reto este año es no sucumbir a las presiones y trampas de sus múltiples adversarios. Nuevas generaciones, inteligentes y con dignidad, tendrán que convertirse en alternativa de poder, con ideas renovadoras, propias de su enfoque a favor de los derechos y no exclusivamente del capital (remember Carimagua). Para lograrlo, los simpatizantes deberán revisar su desencanto por la política y por la participación partidista. El activismo solidario puede oponerse al músculo económico y al poder burocrático para aspirar al ejercicio del poder político. Frente al pensamiento “postdemocrático” existe la alternativa de activarse y movilizarse para cambiar la composición de Congreso, Asambleas y Concejos. La toma pacífica del poder debe adelantarse por los movimientos sociales desde abajo, con paciencia, persistencia y convicción, emulando a los hermanos mayores indígenas y a su lucha milenaria.
Sin violencia y con la clara conciencia de que tanto el establecimiento como la guerrilla perdieron el rumbo hace tiempo, narcotizados por los dineros ilícitos que les permiten continuar su fratricida guerra. Debemos sacar a la política del campo del mercadeo, donde la metieron los expertos de imagen, y devolverla al pueblo crítico, pensante y organizado. La tarea política a mediano plazo debe ser entonces la construcción de múltiples correas de transmisión entre los espacios cívicos y sociales y las organizaciones políticas de izquierda. Contra la perpetuación del dictador civil en el poder todos los demócratas debemos cerrar filas.