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La importancia del disenso

Rodolfo Arango

27 de mayo de 2009 - 09:03 p. m.

UNO DE LOS PADRES DE LA SOCIOLOgía, Augusto Comte, afirmaba que las sociedades transitan de un estado mítico o religioso, a uno metafísico o filosófico hasta llegar al más evolucionado estado científico o positivo.

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Esas ideas algo olvidadas, y en muchos sentidos revaluadas, tienen inusitada relevancia para el momento político colombiano. La forma carismática de hacer política en los últimos ocho años ha impedido la deliberación racional. La adhesión mística al líder, el sentimiento patriota y las prácticas rituales han copado la opinión pública y reemplazado el diálogo inteligente y receptivo. La pertenencia gregaria al grupo hegemónico y el rechazo a los opositores como enemigos han hecho retroceder la cantidad y calidad de los debates y las controversias sobre bases racionales. Ante la sola idea de la ausencia del gran pater familias se genera vacío e incertidumbre. Algo parecido a la sensación de orfandad que pudieron sentir los cristianos en los primeros lustros luego de la partida del hijo de Dios.

Para una democracia sana y vital es consustancial el disenso. Por eso una democracia madura no puede ser mayoritaria sino constitucional, donde las reglas de transición del poder son reglas de oro. Los desacuerdos de pensamiento garantizan nuevas y diferentes ideas. Del antagonismo razonado depende el progreso, mientras que del unanimismo emanan el conformismo, la confianza ingenua y los abusos de poder. Los diferentes enfoques y perspectivas sobre el bien común enriquecen el debate y precaven de errores a las decisiones mayoritarias y coyunturales.

El multiculturalismo nos ha enseñado a valorar el aprendizaje del otro, a descentrarnos del yo y a aceptar la diferencia, todo lo cual redunda en una mayor capacidad de adaptación a la complejidad. Sin disenso el universo político aplana los relieves que permiten el juego de luz que ilumina nuevos senderos. ¿Qué sería de la política sin la caricatura, del ejercicio del gobierno sin la oposición, de las sentencias judiciales sin salvamentos de voto? ¿Qué sería de los secuestrados sin poder denunciar la instrumentalización de la que son objeto por la guerrilla y el Gobierno en su macabro “pulso político”? ¿Qué sería del control ciudadano si los dueños de periódicos prescinden de toda opinión crítica que no se acomode a sus intereses o a su mística actitud contraria a los principios de imparcialidad y objetividad del periodismo?

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Es necesario entonces un llamado a más fundamento científico positivo en la política. Sin olvidar el ineludible sustrato ideológico de la pugnaz contienda política, en ella debe primar la ética del respeto recíproco. Que la crítica no sea vista como sicariato moral, agresión o deslealtad, distorsión esta que evade la obligación de someterse al fuego de los argumentos. Que el cuestionamiento público no sea entendido como moralismo del catón, sino como oportunidad de dar explicaciones claras y satisfactorias para el interpelado. Que los interrogantes no se afronten con largos monólogos autojustificatorios o evasivos, sino que sirvan para responder sin subestimar la inteligencia de los ciudadanos. Los precandidatos deberían ser conscientes de los deberes que pesan sobre sus hombros, entre ellos el de engrandecer y mejorar la forma de hacer política en el país, no por medio de artimañas, oportunismos y traiciones, sino mediante el ejemplo como educadores y representantes de la población nacional.

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