ESE ES EL TÍTULO DE UN LIBRO DE Adam Przeworski recientemente publicado por Siglo Veintiuno Editores.
En él se exploran los límites y las posibilidades del autogobierno del pueblo. En un año electoral vale bien la pena leerlo. Sabríamos mejor a qué atenernos de cara al proceso electoral y a sus resultados. De hecho sorprende que cada algunos años, pese al incumplimiento y a la corrupción de los gobernantes, las personas acudan a depositar su voto para (re-) elegirlos. Y que lo hagan incluso alegres, con la ilusión de autogobernarse. Parece que la esperanza de influir en el cambio es mayor a la evidencia de engaño. En este sentido es bueno no cultivar mitos en torno a aquello que la democracia no está en capacidad de asegurar.
El autor de origen polaco enseña que el principal obstáculo para la transformación de gobiernos representativos en gobiernos democráticos es la aceptación de la oposición política. Algunos creen que por tener elecciones ya hay la democracia. Pero ésta desde la Antigüedad lo que hace es combatir la idea de que existan personas mejores que otras, como se cree en la aristocracia. La democracia tiene como condición la alternancia de representantes de distintos sectores sociales en el ejercicio del gobierno. Es esto lo que hace democráticas a las instituciones representativas. Tendremos democracia cuando los colombianos entendamos que la alternancia en el poder no debilita sino fortalece el autogobierno. Este ideal va claramente en contravía del “tutelaje”, común en Hispanoamérica, según el cual “aunque todos somos iguales, algunos se encuentran siempre en una situación más aventajada que el resto para identificar lo que es mejor para todos”.
La realidad es más bien otra. “La democracia puede presentarse en cualquier clase de variaciones y gradaciones”. Como advirtiera ya J. S. Mill, “sin salarios decentes y alfabetización universal, no es posible un gobierno de opinión pública”. Con salarios de hambre y educación de mala calidad se protegen los intereses de una minoría acomodada y se impide el acceso al poder de representantes de otros sectores sociales. El mencionado profesor de la Universidad de Nueva York muestra en sus investigaciones que la democracia no fue hecha por demócratas; que sus defensores se aseguraron de excluir del poder a mujeres y trabajadores para así proteger a una minoría de propietarios. Por eso advierte Przeworski que “siempre que las palabras y las acciones divergen, podemos sospechar que hay intereses en juego”. “El científico social escéptico cree que las acciones revelan las intenciones mejor que los pronunciamientos”.
Oportunas resultan las anteriores advertencias ante el desfase entre los pronunciamientos del presidente Santos y sus acciones. Mientras proclama querer ser un Roosevelt para Colombia, tramita una reforma constitucional para establecer la regla fiscal como límite a los derechos fundamentales, en especial los sociales, económicos y culturales. Sus acciones contradicen sus pronunciamientos. Esconde así su intención de proteger la minoría de propietarios que en su momento también protegieron los revolucionarios franceses contra el pueblo raso.
Las elecciones en 2011 pondrán a prueba la doctrina de la prosperidad democrática. El triunfo de la alianza conservadurismo uribista y PIN podría contradecir los pronunciamientos a favor de víctimas y damnificados, como lo ha anotado acertadamente León Valencia. Amanecería y el dinosaurio todavía estaría allí.