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Tierras y libertad de testar

Rodrigo Lara

14 de diciembre de 2010 - 10:40 p. m.

¿CÓMO IMPEDIR QUE AL CABO DE UNA generación los dos millones de hectáreas que piensa repartir el Gobierno terminen de nuevo en pocas manos?

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El germen fatal de destrucción de una reforma agraria reside en nuestra ley civil de sucesiones, que ordena el reparto por igual (o casi igual en sucesión testada) de los bienes del padre entre los hijos. La muerte de cada propietario agrícola significa alterar su propiedad, por cuanto ésta se divide en parcelas que se convierten en pedazos cada vez más pequeños; una tendencia a la perpetua disminución que desemboca en el inviable minifundio, sinónimo de pobreza y el mejor aliado del avance latifundista.

Para evitar el destructivo efecto que tiene la ley del reparto igual, Alfredo Molano propone que se revivan las zonas de reserva campesina. Se trata, según Molano, de que en un área delimitada no haya posibilidad legal para que un propietario tenga más de una unidad agrícola familiar (UAF). Asimismo, los propietarios de una UAF sólo pueden vender su tierra a otro pequeño productor. La idea es paralizar el avance latifundista.

La zona de reserva campesina es una idea válida y necesaria. No obstante, esta forma imperfecta de propiedad también trae limitaciones en materia de valor hipotecario de los predios, requisito para la bancarización y la formalización de la economía campesina.

Sería importante ir más allá y abrir el debate sobre nuestra ley de sucesiones. En el mundo occidental ha habido tres grandes tipos de ley de sucesiones. En la aristocracia existía el derecho de primogenitura, que le entregaba al hijo mayor la tierra y los honores de la familia, permitiendo que los bienes inmuebles pasaran de generación en generación sin dividirse. Como gran avance democrático en su momento, el Code Civil francés regó por el mundo la ley del reparto igual, sistema que, en virtud de la igualdad entre los hijos, termina con el paso del tiempo dividiendo, repartiendo y disminuyendo los bienes y el poder.

Dos grandes sociólogos, Alexis de Tocqueville y Max Weber, resaltaron en sus obras los efectos virtuosos de un tercer modelo; las leyes norteamericanas reparten por igual los bienes del padre, pero solamente en el caso de que su voluntad no sea conocida. Se entiende que cada persona tiene plena libertad para disponer de sus bienes por testamento o para legarlos y dividirlos a favor de cualquier persona. Esto es la libertad de testar.

Ambos sociólogos vieron en este sistema liberal la forma de restablecer el derecho de primogenitura, pero sin que nadie tenga que quejarse y sin herir a la justicia. En cuanto a sus efectos, entienden que impide que la propiedad se divida excesivamente, de tal suerte que la porción de tierra no pueda ya proveer al mantenimiento de una familia. También resaltan que este sistema lleva a que el propietario oriente desde muy temprano la formación de sus hijos; uno de ellos se forma para continuar con el cultivo y los demás obtienen profesiones que les permitan vivir si les tocara hacerlo de una propiedad fraccionada.

Abrir el debate de la reforma agraria debe ir de la mano de una reflexión sobre los efectos de las leyes de sucesión del Código Civil. Por algo Tocqueville señalaba que “las leyes sobre las sucesiones deberían estar colocadas a la cabeza de todas las instituciones políticas, porque influyen increíblemente sobre el estado social de los pueblos, cuyas leyes políticas no son más que su expresión”.

 

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