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La prematura muerte de Gustavo Gallón esta semana es un golpe muy duro para la democracia: Colombia pierde a uno de los más lúcidos y consecuentes defensores de derechos humanos en un momento en que estos se ven gravemente amenazados por el ascenso de populismos autoritarios. Además, muchos de quienes nos formamos en derechos humanos con Gustavo perdemos no sólo a un amigo sino a quien fue en distintas formas nuestro maestro.
Conocí a Gustavo en 1979. Tuve la fortuna de tenerlo como profesor en la Universidad Externado, cuando él era aún muy joven, y es uno de los mejores docentes que he tenido: sin aspavientos y con la economía de palabras que lo caracterizaba, ajeno a esa grandilocuencia vacía de muchos catedráticos, Gustavo nos introdujo a la investigación sociojurídica y nos enseñó las complejidades y potencialidades del derecho. Luego, en los años ochenta, leí todo lo que Gustavo publicaba porque quedé impresionado por su libro Quince años de estado de sitio en Colombia: 1958-1978. Esta obra, basada en su tesis de maestría, mostraba no sólo desde la sutileza matemática de su título los abusos de ese estado de excepción cometidos por los gobiernos del Frente Nacional, sino que desentrañaba su lógica política. Nunca había encontrado en Colombia un análisis sociojurídico tan lúcido, que combinaba un estilo de escritura claro con un enfoque teórico y un trabajo empírico muy robustos. Estudié entonces sus otros textos de esa década, entre ellos “La república de las armas”, que mostraba con rigor el ascenso del militarismo y de la ideología de seguridad nacional en el Estado colombiano.
En 1989, Gustavo me invitó a trabajar en la recién creada Comisión Colombiana de Juristas (CCJ), que en esa época se llamaba Comisión Andina de Juristas Seccional Colombiana. Por esa admiración que ya le tenía, acepté sin mayores dudas y estuve en la CCJ por cuatro años. Fue una época muy dura: muchos colegas cercanos fueron asesinados o desaparecidos. Pero también fueron años apasionantes y de esperanza: aprendimos a usar el sistema internacional de derechos humanos y realizamos importantes estudios sociojurídicos. Y pudimos participar activamente en los debates que condujeron a la nueva Constitución: creo que la CCJ contribuyó a la constitucionalización de los tratados de derechos humanos y del derecho humanitario, al fortalecimiento de los mecanismos de protección judicial de estos derechos y a la limitación de los estados de excepción.
En esos años aprendí de Gustavo muchas cosas: que el movimiento de derechos humanos tenía que denunciar las atrocidades de todos los actores, incluidas las de la guerrilla; que era posible combinar el análisis jurídico muy técnico y los estudios sociojurídicos rigurosos con la lucha por la democracia y con el compromiso en la defensa de las víctimas de atrocidades. Este paso por la CCJ me convenció de que era posible y necesario articular el trabajo académico con la promoción y defensa de los derechos humanos.
Luego, durante las décadas siguientes, Gustavo se comprometió como pocos con la defensa de los derechos humanos en general y aquellos de las víctimas en particular, asumiendo grandes riesgos y costos, personales y familiares.
Por todas estas razones, y por su calidez y humor fino en la intimidad, que se ocultaba detrás de su seriedad y formalidad iniciales, Gustavo nos hará mucha falta. Una forma de recordarlo y honrar su memoria es defender su legado en al menos tres puntos, que le eran muy caros y que hoy están en peligro: evitar el retorno del militarismo, combatir el abuso de los estados de excepción y defender la adhesión de Colombia al multilateralismo y a los sistemas internacionales de protección de derechos humanos. Todo mi agradecimiento y solidaridad con su familia y amigos más cercanos.
* Investigador de Dejusticia y profesor de la Universidad Nacional.
