¿Será posible estar en contra de la dictadura venezolana y, al mismo tiempo, rechazar el ataque militar de Trump a Venezuela por violar el derecho internacional? Muchos opinan que no: que si uno favorece la democratización de Venezuela tiene que aceptar la intervención armada de Estados Unidos como una especie de mal menor. Que condenar ese ataque es hipocresía, o incluso, complicidad con Maduro. No comparto esa visión, pues estoy contra Maduro y contra Trump.
Desde hace años he escrito contra la dictadura venezolana y desde Dejusticia hemos acompañado a organizaciones de la sociedad civil venezolana en su lucha por la democracia. Estoy a favor de una transición democrática en Venezuela. Sin embargo, condeno el ataque militar de Estados Unidos porque dudo que sea bueno para Venezuela y, en cambio, marca un precedente grave para el mundo.
La intervención no estuvo motivada por preocupaciones democráticas por Venezuela sino por la defensa de los intereses estratégicos de Estados Unidos, como el petróleo. Por eso Trump ha ignorado los resultados electorales de 2024 y ha despreciado a la oposición y a las organizaciones de la sociedad civil, mientras convive con la dictadura. Es posible que esa intervención tenga algunos efectos positivos. Algunos presos políticos han sido liberados y esperamos que sean liberados todos. Ojalá la situación de derechos humanos mejore y avancemos a una transición democrática, pero no es nada claro que vaya a ser así pues no es el propósito de Estados Unidos, que en esencia sólo busca un gobierno complaciente. Si lo logra con el actual régimen, Trump se olvidará de la transición, que es sólo la tercera fase en el esquema presentado por Rubio.
A nivel general, este ataque viola la Carta de la ONU, que prohíbe a un Estado usar la fuerza contra otro Estado y Trump la usó contra Venezuela. Es además un paso más en el debilitamiento del derecho internacional buscado por Trump, que se confirma por su decisión de retirarse de decenas de importantes organizaciones internacionales. Y Trump es explícito: en su entrevista en el NYT dijo que el único límite a sus acciones internacionales es su “propia moralidad”. Vaya garantía.
Los Estados y organismos multilaterales le han fallado al pueblo venezolano al permitir la persistencia de la dictadura y el robo de las elecciones. Además, el derecho internacional ya venía debilitándose antes de este ataque: lo evidencian la guerra de Rusia contra Ucrania y el genocidio en Gaza. Pero esta crisis del derecho internacional no debe llevarnos a concluir que este murió y debemos aceptar la intervención militar de Estados Unidos.
Sin multilateralismo y sin los principios adoptados con la creación de la ONU (como el respeto a los derechos humanos y la prohibición de la fuerza), las relaciones internacionales estarían fundadas exclusivamente en el poder y dominadas por las grandes potencias. Esto no sólo incrementa el riesgo de las guerras, incluso mundiales, sino que, además, imposibilita que enfrentemos nuestros desafíos globales, como las pandemias, las migraciones o el cambio climático. Y los países de menor poder, como los nuestros, quedarían sometidos a su potencia regional. En nuestro caso, tendríamos que aceptar que Estados Unidos sea el juez y policía de América Latina, que interviene en nuestras elecciones y se reserva el derecho a atacarnos militarmente.
No podemos seguir ese camino: los países de América Latina, que somos todos débiles, debemos rechazar el uso unilateral de la fuerza y luchar por reforzar los mecanismos multilaterales y por revitalizar, con los cambios necesarios, la ONU, a fin de que avancemos realmente a una “Constitución de la Tierra”, como la propuesta por Luigi Ferrajoli. Debemos igualmente apoyar una transición democrática real en Venezuela. No es fácil lograr ambos propósitos, pero esa dificultad no debe llevarnos a capitular y abandonar nuestra suerte a las buenas intenciones y la sabiduría de Mr. Trump.
* Investigador de Dejusticia y profesor de la Universidad Nacional.