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19 Jun 2022 - 5:30 a. m.

Después de las elecciones

Estas lecciones han sido muy intensas, con posiciones definidas y discusiones muy fuertes entre las campañas y sus seguidores. Esto no es necesariamente malo ya que la diferenciación electoral puede ser positiva para la democracia; pero igualmente representa riesgos.

Es positivo que en los procesos electorales dentro de una democracia aparezcan y puedan debatirse distintas visiones de país y que los ciudadanos puedan apoyar aquella que más les convence. La diferenciación ideológica y la diversidad de posiciones, incluso cuando éstas son fuertes, es buena para la democracia, pues permite que las elecciones sean una forma pacífica de tramitar nuestras diferencias. Si nuestras visiones diversas no se expresan en las elecciones, ¿cómo podemos resolver políticamente nuestros conflictos? Y en esta campaña, incluyendo las elecciones de marzo, hubo realmente posiciones diferenciadas: una izquierda y una derecha definida y un abanico de posiciones autodenominadas de centro. Eso es bueno.

Sin embargo, las elecciones también tienen una dinámica negativa o centrífuga por cuanto las fuerzas políticas, en búsqueda de votos, pueden escalar la confrontación con sus rivales, que se convierten en enemigos, a los cuales hay que derrotar a toda costa, incluso con estrategias destructoras e inaceptables. La diferenciación ideológica, en general positiva, puede convertirse en una polarización corrosiva, que erosione las bases de la unidad nacional y el respeto a ciertos principios y reglas, sin los cuales la democracia perece. Esto sucede, por ejemplo, cuando alguna fuerza política no está dispuesta a perder y acusa de fraudulenta la elección si el resultado le es desfavorable, como lo hizo Trump en Estados Unidos.

Infortunadamente, en estas elecciones hemos tenido también esas dinámicas corrosivas, con estrategias desleales de parte de las distintas campañas. O con narrativas de fraude sin fundamento, como la de Íngrid Betancourt al acusar, sin ninguna prueba, al Pacto Histórico de estar comprando dos millones de votos. Los riesgos de esta tendencia a la polarización corrosiva en esta campaña son mayores si tenemos en cuenta la parcialidad electoral del gobierno Duque, la desconfianza frente a la Registraduría y que, según algunas encuestas, el resultado en esta segunda vuelta será muy apretado.

Nuestro desafío es que desde las 4 p.m. hoy, pasadas las elecciones, potenciemos los aspectos positivos de esta intensa campaña, mientras limitamos sus riesgos. Y para ello podríamos comenzar con dos obviedades: primero, no rompamos amistades, familias u organizaciones por estas disputas electorales. No vale la pena. Reconozcámonos como ciudadanos de un país plural y diverso que estamos aprendiendo a convivir en la diferencia. Segundo, exijamos el respeto de la voluntad democrática expresada en las urnas. Exijamos al gobierno y a las autoridades electorales transparencia y garantías. Pero también exijamos de nuestros candidatos el respeto del resultado, sin perjuicio de que usen los mecanismos y procedimientos legales previstos para expresar sus eventuales desacuerdos.

Las elecciones son un sustituto de la guerra civil que permite a la sociedad cambiar los enfrentamientos a bala por disputas con votos. Así la democracia cumple uno de sus papeles más nobles: pacificar la vida política. Pero las elecciones pueden convertirse en una especie de guerra civil por otros medios, que nos enfrente como enemigos irreconciliables y preludie y alimente violencias políticas. De lo que hagamos nosotros como ciudadanos y nuestros líderes desde las 4 p.m. hoy dependerá que estas elecciones difíciles sean o no un paso importante para la paz y la democracia que los colombianos nos merecemos.

* Investigador de Dejusticia y profesor de la Universidad Nacional.

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