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29 May 2022 - 5:30 a. m.

Espíritu democrático y derrotas electorales

Un presupuesto de la democracia es que los líderes estén dispuestos a aceptar una eventual derrota electoral, obviamente después de un proceso transparente y sin trampas. En eso consiste el espíritu democrático, como lo ilustra la siguiente comparación histórica.

En 1837 Santander entregó el poder a José Ignacio de Márquez, a pesar de la enemistad que los enfrentaba, que las elecciones fueron reñidas y que Obando era el candidato de los afectos de Santander, si es que éste tenía afectos. Por eso un escritor tan crítico de Santander, como Antonio Caballero, en su Historia de Colombia y sus oligarquías, señala que “con la entrega constitucional y pacífica del poder por el general Santander se inaugura la tradición civilista de Colombia, casi ininterrumpida”. Y agrega algo que ojalá nuestros actuales expresidentes aprendieran: que entregado el poder, la influencia de Santander terminó, de suerte que “cuando murió pocos años más tarde alguien pudo decir que era como si hubiera muerto un muerto”.

El contraejemplo es Trump. Perdió claramente las elecciones presidenciales de 2020, no sólo en el voto popular sino también en el colegio electoral. Todos sus reclamos de supuesto fraude fueron rechazados por jueces independientes. A pesar de eso, Trump se resistió hasta último momento a entregar el poder, como lo muestra su tolerancia, incluso complicidad, en el asalto al Capitolio. Además sigue incendiando a los Estados Unidos con su narrativa de que Biden ganó fraudulentamente.

Esta comparación muestra los profundos impactos de que los líderes políticos tengan o no espíritu democrático. Un militar del Siglo XIX, en un país pobre y cuando la democracia era aún una novedad, inaugura una tradición civilista y constitucional al aceptar su derrota electoral. En cambio un billonario está poniendo hoy en peligro la bicentenaria tradición democrática de la principal potencia mundial, por su negativa a aceptar su derrota.

Evoco estos ejemplos por los riesgos para Colombia de estas elecciones presidenciales, que probablemente serán muy apretadas y en un ambiente polarizado. Además, la discrepancia en las votaciones de Congreso entre el preconteo y los resultados oficiales del escrutinio han generado narrativas de fraude y desconfianzas comprensibles frente a la Registraduría.

Sin embargo, lo cierto es que el trabajo de los testigos electorales y el escrutinio realizado por jueces y notarios independientes, en un procedimiento público ya establecido, permitieron resolver pacíficamente las discrepancias y las impugnaciones presentadas por los movimientos políticos. Sin ser ingenuo, este hecho muestra que, a pesar de sus debilidades, el sistema electoral colombiano tiene procedimientos de verificación y resolución de las impugnaciones para garantizar que, si todas las instituciones juegan adecuadamente su rol y se asegura la máxima transparencia, la voluntad ciudadana será reflejada en el escrutinio oficial. Además, estas elecciones cuentan con la presencia de centenares observadores electorales, que ayudarán a evidenciar y corregir las eventuales irregularidades.

En este contexto, como ciudadanos, y sin importar cuál candidato apoyemos, debemos comprometernos al respeto de la voluntad democrática expresada en las elecciones, sin perjuicio de denunciar irregularidades. Y por eso debemos exigir del gobierno y de las autoridades electorales que maximicen la transparencia y brinden todas las garantías a la ciudadanía y a los movimientos y partidos políticos. Pero también debemos exigir a esas fuerzas políticas y a sus líderes un compromiso de respetar el resultado, sin perjuicio de que usen los mecanismos y procedimientos previstos para expresar sus eventuales desacuerdos.

* Investigador de Dejusticia y profesor de la Universidad Nacional.

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