En los noventa, Norberto Bobbio escribió Derecha e izquierda, un corto e influyente libro en el que se opuso a quienes planteaban que hablar de izquierdas y derechas ya no tenía sentido. Este gran pensador italiano consideraba que la distinción era aún relevante ya que permitía clasificar las posiciones políticas según que buscaran reducir o no las desigualdades sociales. Pero añadía que esa diferencia, que se centra en los propósitos de la política, no agotaba el espectro político, pues era necesario analizar también los métodos y, por lo tanto, era necesario distinguir también entre los moderados y los extremistas.
Creo que Bobbio tuvo razón en los noventa y que sus planteamientos siguen siendo relevantes para nuestras discusiones en Colombia, por lo cual procedo a retomarlos y actualizarlos, aunque lo hago con cierta libertad.
Para Bobbio una persona o un grupo político es de izquierda si considera que la mayoría de las desigualdades son injustas y es por eso que deben ser reducidas (como las diferencias en propiedad e ingreso) y algunas, incluso, eliminadas (como las discriminaciones raciales o de género). La izquierda defiende entonces un papel activo del Estado, que debe garantizar los derechos sociales y lograr una mayor igualdad social, ya sea a través de instrumentos redistributivos específicos, como los impuestos, o ya sea por medio de ciertas transformaciones estructurales, como la reforma agraria.
Por el contrario, las visiones de derecha aceptan muchas de las desigualdades que la izquierda rechaza: consideran que algunas de ellas son inevitables pues derivarían de la naturaleza; defienden otras como legítimas porque estarían fundadas en el esfuerzo y el mérito; y juzgan que otras son buenas socialmente porque preservan el orden y dinamizan el mercado. Por eso las derechas desconfían del papel redistributivo del Estado y defienden un mercado más libre.
Esta distinción permite organizar las posiciones políticas en un eje según sean más igualitarias y defensoras del papel redistributivo del Estado (izquierda) o menos igualitarias y más favorables al mercado (derecha). Sin embargo, este eje sólo mira la finalidad de la política; es necesario analizar también los medios o métodos para alcanzar esos propósitos. Y en este aspecto podemos distinguir entre extremistas y moderados: los primeros absolutizan los fines, que buscan alcanzar rápido y a toda costa, por lo cual tienden a pensar la política según la distinción amigo-enemigo, que el jurista de los nazis Carl Schmitt postuló como la esencia de lo político. Los extremistas están entonces dispuestos a romper el Estado de derecho para alcanzar sus finalidades y tienden a estigmatizar como enemigos (y no como simples opositores) a quienes no comparten sus visiones. Los moderados, por el contrario, están más abiertos al diálogo y a los avances graduales. Su visión de la política es más cercana a las visiones pluralistas y deliberativas de la democracia pues consideran que puede haber acuerdos entre posiciones distintas y, por ello, se abstienen de estigmatizar al adversario y defienden un respeto robusto al Estado de derecho.
Si combinamos los dos criterios de los fines y los medios de la política tenemos entonces cuatro tipos de posiciones: izquierdas extremistas (como las guerrillas colombianas), izquierdas moderadas (como las socialdemocracias nórdicas, y en las que me incluyo), derechas moderadas (como Ángela Merkel y la democracia cristiana alemana) y derechas extremistas (como los fascismos o Donald Trump).
Esta tipología es obviamente simplificadora: deja de lado otros propósitos de la política que son muy importantes, como las posiciones frente a las identidades, la autonomía personal o las estrategias de seguridad. Pero creo que, en todo caso, es una tipología útil para nuestros debates actuales, aunque un lector atento se preguntará: ¿y dónde queda ahí el llamado centro? Intentaré responderlo en próximos escritos.
* Investigador de Dejusticia y profesor de la Universidad Nacional.