La muerte de Jürgen Habermas es triste porque se fue uno de los pensadores e intelectuales públicos más importantes en las últimas décadas, cuya obra, de textos extensos, complejos e incluso, a veces (debo confesarlo), aburridos, es esencial y relevante en nuestra Colombia de hoy. Quiero mostrarlo con dos tesis suyas que me han marcado: su ética comunicativa y su visión deliberativa de la democracia.
Habermas enfrentó una pregunta difícil: ¿es posible defender la razón y la modernidad después de ver tantas atrocidades cometidas usando medios racionales, como el colonialismo, las bombas atómicas o Auschwitz? Su respuesta fue afirmativa, pero siempre y cuando uno hiciera una especie de salto hacia adelante. No había que quedarse en lo que él llama la “razón instrumental”, sino pasar a la “razón comunicativa”.
La distinción es esencial: la razón instrumental es la que nos permite usar los medios más eficaces para alcanzar un fin. Es poderosa ya que optimiza el logro de un resultado. Sin embargo, puede ser atroz ya que no discute la validez del fin. Esa razón nos permitió erradicar la viruela. Pero esa razón permitió también que los nazis discutieran racionalmente (como lo hicieron en 1942 en la Conferencia de Wansee sobre la “solución final”) cuál era la forma de exterminar más eficientemente a los judíos.
Habermas concluye entonces que la razón instrumental no basta, aunque eso no lo lleva a abandonar las apuestas de la Ilustración por la razón, sino que lo lleva a ir más allá: debemos complementarla con una razón comunicativa, que consiste en la práctica de ofrecer razones a nuestros interlocutores para llegar a acuerdos compartidos, que no estén deformados por la violencia ni por el engaño, por cuanto buscamos convencer a los demás, pero aceptamos también la posibilidad de ser convencidos por ellos.
Esta razón comunicativa permitió a Habermas retomar el imperativo categórico de Kant (“actúa de tal manera que tu máxima de conducta pueda valer como principio universal”) y reformularlo en clave comunicativa: para este autor sólo pueden reclamar validez aquellas normas en que todos los interesados se ponen de acuerdo (o podrían ponerse de acuerdo), sin coacción y como participantes en un diálogo. De esta manera, el principio de universalización kantiano funciona como el principio ético intersubjetivo para la fundamentación de normas comunes. En sus palabras, “el peso se traslada desde aquello que cada uno puede querer sin contradicción alguna como ley general, a lo que todos de común acuerdo quieren reconocer como norma universal”.
Esta ética comunicativa es la base con la cual Habermas defiende su concepción deliberativa de democracia, que desarrolló en Facticidad y validez, un libro imprescindible para pensar el derecho y la democracia, pero imposible de resumir en pocas líneas. Quiero tan solo destacar su tesis de que la legitimidad de la democracia no consiste en la imposición de la voluntad de las mayorías (con sus posibles prejuicios), sino en la posibilidad de llegar a decisiones a través de un proceso deliberativo o de discusión pública en que todos los afectados puedan participar en igualdad de condiciones.
En síntesis, en este mundo polarizado y fragmentado entre tribus en conflicto, Habermas le apuesta a la posibilidad de llegar a acuerdos a través del diálogo racional. Una apuesta más actual que nunca.
Termino con una anécdota que resume esa apuesta. A mediados de los ochenta, para publicar un texto, debíamos escribirlo primero a mano y luego hacerlo transcribir por mecanógrafas expertas. Marta, quien me apoyaba en ese trabajo, corregía mis errores con gran criterio. Una vez yo cité: Habermas “Conciencia moral y acción comunicativa”. Y ella corrigió: “Haber más conciencia moral y acción comunicativa”. Marta, como siempre, acertó: necesitamos más conciencia moral y más acción comunicativa, y ese era realmente el mensaje de Habermas.
* Investigador de Dejusticia y profesor de la Universidad Nacional.