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La laicidad defiende a las religiones

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Rodrigo Uprimny
09 de agosto de 2026 - 05:07 a. m.
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El gobierno entrante ha mostrado numerosos gestos que preocupan porque expresan un desprecio al principio constitucional de laicidad: ciertos nombramientos, como el de Vivian Morales en el Ministerio de Educación, quien ha declarado que es necesario sacar a Marx de los colegios para meter a Dios; el de Paola Holguín en el Ministerio de Culturas, quien trinó que “es imposible gobernar rectamente al mundo sin Dios y sin la Biblia”, atribuyendo esa frase a George Washington, a pesar de que él nunca la dijo. O el de Alejandro Ordóñez como embajador ante la OEA. A eso se suman las imágenes divulgadas del retiro religioso del equipo del nuevo gobierno en donde aparecen los futuros presidente y ministros haciendo colectivamente alabanzas o arrodillados.

Obviamente las creencias religiosas deben ser respetadas y las personas tienen derecho a expresarlas. Sin embargo, Colombia es constitucionalmente un Estado laico, en el que existe separación entre el Estado y las confesiones religiosas, como lo ha dicho consistentemente la Corte Constitucional desde la sentencia C-350 de 1994. Por eso, según la sentencia T-124 de 2021, todo funcionario, en especial si ostenta un alto cargo, debe “actuar con especial prudencia” en materia religiosa. En esa sentencia la Corte analizó un trino de la entonces vicepresidenta Marta Lucía Ramírez que invocaba a la virgen de Fátima y concluyó que esta funcionaria había violado la laicidad y la libertad religiosa de quienes no compartían su fe, por cuanto era una declaración de una alta funcionaria, en una cuenta abierta a todo el mundo, en la que Ramírez aparecía como vicepresidenta.

El nuevo gobierno puede sostener que sus expresiones religiosas no han desconocido la laicidad por cuanto aún no son servidores públicos, pero esas actuaciones preocupan de su actitud en este campo. Por ello, retomando columnas previas, defiendo la importancia de la laicidad, no sólo para los ateos y los agnósticos, sino también para quienes tienen profundas convicciones religiosas: es el principio que logra la paz religiosa, ya que permite que personas de distintas creencias puedan convivir pacíficamente y respetarse como seres humanos.

La laicidad busca un doble propósito: de un lado, protege al Estado de una interferencia indebida de las religiones, por cuanto éstas pueden llevar a asumir posiciones fundamentalistas en las luchas políticas y desembocar en persecuciones y guerras de religión. Como sostuvo Albert Camus, “la política no es religión o se vuelve inquisición”.

De otro lado, y es un tema poco mencionado, pero igualmente importante, la laicidad protege a las propias religiones de la indebida interferencia del poder político, con lo cual protege la religiosidad genuina. Esto lo han enfatizado autores como el profesor de Princeton, Cornel West, quien sostiene que lo peor que le pasó a la religión cristiana fue que el emperador Constantino la hubiera convertido en oficial. Según West, quien es cristiano, este hecho debilitó la espiritualidad y el compromiso con la justicia, que caracterizaron las prédicas de Cristo y de los profetas, las cuales se vieron sustituidos por los entendimientos con el poder. El cristianismo, que había crecido por el ejemplo espiritual de sus profetas, empezó a imponerse con la violencia. El “cristianismo constantino” debilitó al “cristianismo profético”, que es el verdaderamente genuino.

Esta reflexión muestra que la laicidad no es antirreligiosa: las diversas religiones, al estar separadas del poder, preservan su autonomía, lo cual protege su dimensión espiritual y la libertad de los creyentes, quienes deberían ser entonces los primeros en defender la laicidad. Por eso, recurriendo al título de un libro del teólogo católico belga, Gabriel Ringlet, y que usé en una columna previa, tal vez Dios es el primero en ser laico.

* Investigador de Dejusticia y profesor de la Universidad Nacional.

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