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Núremberg, el fiscal Jackson y Trump

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Rodrigo Uprimny
19 de abril de 2026 - 05:07 a. m.
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Núremberg, la película en cartelera, y las aterradoras amenazas del presidente Trump de que destruirá a Irán, muestran dos dimensiones contradictorias de Estados Unidos: una que suscita admiración y esperanza, y otra que despierta rechazo y temor, incluso odio. Y por ello, tal vez valga la pena contrastarlas.

La película, que ha tenido en general críticas positivas, reconstruye una dimensión poco conocida del famoso proceso: la relación entre el psiquiatra estadounidense Jack Kelley y los jerarcas nazis juzgados, en especial Hermann Göring. Sin embargo, en este comentario abordo un aspecto que no es central en la película pero que tiene hoy una relevancia extraordinaria: el discurso inicial de Robert Jackson.

Jackson es muy importante en la historia de Estados Unidos: fue abogado general (Solicitor General) y fiscal general (Attorney General) entre 1938 y 1941, durante el New Deal de Franklin Delano Roosevelt, quien luego lo designó como magistrado de la Corte Suprema, cargo que ejerció durante unos 15 años y en el que se destacó por su agudeza jurídica y su compromiso con las libertades y la democracia. Con un permiso temporal de la Corte Suprema, Jackson fue el fiscal central en Núremberg, por lo cual le correspondió el discurso inicial, que es considerado uno de los documentos jurídicos más importantes del Siglo XX por cuanto describe el nuevo orden internacional que se estaba creando: uno basado en los derechos humanos y en principios, reglas e instituciones multilaterales, en especial las Naciones Unidas, que acaban de ser fundadas. Por ello, en este nuevo orden internacional los responsables de guerras de agresión y crímenes de guerra y de lesa humanidad debían ser castigados, sin importar el poder que ostentaran.

Algunos apartes de su discurso merecen ser recordados: se trataba, dice Jackson al inicio de su discurso, de “usar el derecho internacional para enfrentar la mayor amenaza de nuestros tiempos: la guerra de agresión”. Por ello, la “ley no debe limitarse a castigar los delitos menores de personas corrientes. Debe alcanzar también a quienes ostentan gran poder y lo utilizan en forma deliberada y concertada para sembrar el mal en todos los rincones del mundo”. Su cierre es igualmente poderoso: “El paso definitivo para evitar las guerras periódicas”, agrega Jackson, “es que los estadistas respondan ante la ley”. Y por ello, Jackson aclara que, si bien en Núremberg se juzgaba a los nazis, el proceso se fundaba en un principio general: “Condenar la agresión por cualquier otra nación, incluidas aquellas que ahora juzgan aquí”. Su conclusión es poderosa: “Sólo podremos erradicar la tiranía, la violencia y la agresión de los poderosos contra su propio pueblo cuando hagamos que todos los hombres respondan ante la ley. Este proceso representa el esfuerzo de la humanidad por aplicar la ley a los estadistas que han usado el poder estatal para atacar los cimientos de la paz mundial”. Núremberg y la Carta de Naciones Unidas eran entonces para Jackson dos pasos con un mismo propósito: “Asegurar que quienes inicien una guerra paguen personalmente por ella”.

Jackson personifica ese Estados Unidos que suscita esperanza y que contrasta con Trump, que encarna ese otro Estados Unidos aterrador. Trump ha adelantado agresiones contra Venezuela e Irán, y la guerra que desencadenó, junto con Israel, en el Medio Oriente está teniendo impactos terribles que pueden incrementarse y llevarnos a una catástrofe global. Todo lo acompaña Trump de declaraciones genocidas: “Toda una civilización morirá esta noche, para no volver jamás” si Irán no cumple con sus exigencias sobre el estrecho de Ormuz. Conservo la esperanza de que, con el apoyo de fuerzas democráticas a nivel global, el Estados Unidos admirable de Jackson prevalezca y Trump y sus aliados no sólo sean frenados, sino que, además, sean juzgados por sus crímenes en un proceso liderado por un fiscal semejante a Jackson.

* Investigador de Dejusticia y profesor de la Universidad Nacional.

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