5 Dec 2021 - 5:30 a. m.

Otra vez sobre patentes, vacunas y COVID-19

Esta semana estaba programada en Ginebra la Conferencia Ministerial de la OMC (Organización Mundial de Comercio), que hace años no se reúne, pero fue aplazada indefinidamente por la amenaza de la nueva variante de COVID-19, ómicron.

La situación tiene su ironía, que parece cómica pero en realidad es trágica, pues el tema central de esa conferencia de la OMC era la búsqueda de un consenso sobre la propuesta de waiver o suspensión temporal de patentes sobre vacunas y tratamientos frente al COVID-19. Esta propuesta, presentada por Sudáfrica e India hace más de un año y apoyada por más de 100 países (entre ellos se encuentra ahora Estados Unidos, pero no está Colombia) y por numerosos juristas, instituciones de derechos humanos y organizaciones científicas y médicas, busca superar la inequidad en la vacunación global, que ha hecho que en la mayoría de los países africanos la vacunación no supere el 10 %.

Esto es injusto pues hoy existe la capacidad técnica para producir y distribuir todas las vacunas necesarias para todo el mundo, pero eso no se está logrando debido a las patentes, que otorgan un monopolio temporal sobre su producción a las farmacéuticas que las descubrieron, en gran medida gracias al apoyo de dineros públicos. Nadie puede producir esas vacunas sin su permiso. El waiver, con la correspondiente transferencia tecnológica, permitiría entonces que empresas y Estados con las capacidades técnicas suficientes produzcan masivamente las vacunas necesarias sin temer sanciones por violar patentes, con lo cual, según cálculos expertos, en pocos meses habría vacunas suficientes para toda la humanidad, pues hay muchas capacidades farmacéuticas no utilizadas en países como Brasil, Argentina, India, Indonesia, Tailandia o Sudáfrica.

Este waiver, que podría incluir alguna compensación razonable a las farmacéuticas, busca no sólo prevenir millones de muertes evitables en los países pobres y de ingreso medio, sino además reducir la circulación del virus para limitar el riesgo de variantes peligrosas como ómicron, que podrían incluso eludir la protección de las vacunas y de la inmunidad adquirida por contagios previos.

¡Qué dolorosa ironía! En la OMC se pospuso la discusión del waiver por la aparición de una variante del virus, pero si esta decisión se hubiera tomado antes, tal vez dicha variante no hubiera aparecido. Como no se logra el waiver, el virus sigue mutando y matando. ¿Y qué hacen los países ricos, en especial europeos? En vez de reconocer ese hecho y acelerar la búsqueda de un acuerdo sobre el waiver, cierran sus fronteras para protegerse de ómicron. Pero frente a una pandemia el mundo no necesita cierres de fronteras sino apertura de mente, mayor solidaridad y cooperación técnica, que es lo buscado por el waiver. Tiene entonces toda la razón Mary Robinson, expresidenta de Irlanda y antigua alta comisionada de Naciones Unidas de Derechos Humanos, cuando señala que esta decisión sobre el waiver es una prueba ácida para los valores democráticos y de solidaridad que la Unión Europea proclama.

Ojalá en Europa predominen los valores democráticos de solidaridad internacional y no los intereses de las grandes farmacéuticas. Los ciudadanos colombianos no tenemos gran influencia sobre esas decisiones europeas, pero podemos tenerla frente a nuestro Gobierno. Por eso debemos exigir del presidente Duque y su ministro de Salud, Fernando Ruiz, usualmente tan locuaces, que abandonen su inexplicable silencio frente al waiver y apoyen lo más rápido posible esta propuesta, que es un instrumento necesario para evitar millones de muertes y reducir los riesgos de nuevas mutaciones de COVID-19.

* Investigador de Dejusticia y profesor de la Universidad Nacional.

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