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Esta pregunta puede parecer una tontería a ciertos analistas que responderían que la respuesta es simple: que Colombia tiene que combatir el narcotráfico para interrumpir el tráfico de las drogas prohibidas, como la cocaína o el cannabis, y así eliminar (o al menos reducir significativamente) el mercado ilícito de drogas y el daño que estas sustancias ocasionan a quienes las consumen. En esta visión, resultado de una lógica prohibicionista, haríamos parte de una cruzada universal por la salud pública y contra el vicio.
Ese planteamiento tendría sentido si la prohibición fuera una estrategia razonable y eficaz. El problema es que no es así al menos por dos razones. Primero, desde el punto de vista de la demanda, la prohibición no es una buena forma de enfrentar los abusos de las sustancias controladas puesto que ignora que existen consumos no problemáticos de esas drogas; además, la prohibición marginaliza a los usuarios y los somete a los riesgos de un mercado ilegal en el que no saben realmente qué están adquiriendo. Muchas muertes por heroína o por fentanilo ocurren porque la persona no sabe qué compró y termina consumiendo una dosis mucho más alta o una mezcla letal.
Segundo, desde el punto de vista de la oferta, la evidencia contundente de más de 50 años de “guerra a las drogas” es que, una vez instalado un mercado ilegal, la represión no logra reducir la oferta de las drogas prohibidas y los mercados terminan ampliamente abastecidos. Cuando algún gobierno logra destruir una poderosa organización narcotraficante, como ocurrió con la desarticulación de los carteles de Cali o Medellín, siempre se trata de un triunfo temporal y sin efectos sobre el tamaño del mercado ilícito: esa organización es rápidamente sustituida por otra.
Si la prohibición no funciona para reducir la oferta ni es una buena estrategia para enfrentar los abusos de las drogas, como ha sido demostrado infinidad de veces, entonces no es cierto que debamos combatir el narcotráfico para defender la salud pública universal. Cuando Colombia erradica miles de hectáreas de coca o logra encarcelar o extraditar a algún narco poderoso, no está salvando la vida o la salud de algún adolescente europeo o gringo. Por consiguiente (y mientras no sea modificada la prohibición), la razón por la cual debemos enfrentar el narcotráfico es otra: porque los narcos suelen terminar estructurados en mafias violentas, corruptoras y amenazantes. Y esto ocurre tanto a nivel local, por el impacto negativo del microtráfico en ciertos barrios, como a nivel nacional por la manera en que ciertas mafias poderosas están desestabilizando nuestras precarias democracias.
Algunos podrán pensar que esta precisión es inútil. Que debemos combatir al narcotráfico y punto, sin importar si es para defender la salud pública universal o si es para evitar las corrupciones y violencias de los narcos en nuestros países. Sin embargo, la distinción es clave porque la evidencia muestra que la violencia y corrupción del narcotráfico no depende directamente del tamaño del mercado ilícito de drogas. Existen mercados de mayor tamaño y menos violentos y otros más pequeños y más violentos. Además, ciertas estrategias han logrado reducir la violencia y corrupción de los narcos, a pesar de que el mercado ilícito no se haya reducido un ápice. Son las llamadas políticas de “disuasión focalizada”, de las cuales espero hablar en otras columnas. Por consiguiente, si nuestra preocupación no es tanto por la salud pública universal (pues la prohibición no la protege) sino por las violencias y corrupciones de los narcos, nuestra política debería tener como prioridad reducir esas violencias y corrupciones y no tanto pretender eliminar o reducir a toda costa y costo el tamaño del mercado ilícito de drogas.
* Investigador de Dejusticia y profesor Universidad Nacional.
