8 Nov 2020 - 3:00 a. m.

¿Un constitucionalismo cosmopolita?

Rodrigo Uprimny

Rodrigo Uprimny

Columnista

Hace dos años sugerí en una columna que deberían existir derechos políticos cosmopolitas. Esta enredada elección presidencial de Estados Unidos es una buena oportunidad para avanzar en esa idea, que no es original, pues hunde sus raíces en propuestas de Kant sobre cosmopolitismo que han sido desarrolladas, con enfoques diversos, por algunos pensadores contemporáneos, como Ferrajoli o Habermas.

Las elecciones presidenciales estadounidenses suelen tener impactos globales por tratarse de la principal potencia mundial. A veces pueden incluso definir el destino del planeta. Por ejemplo, la victoria de Bush sobre Gore en 2000 agravó el calentamiento global. Bush no era consciente de esa amenaza y tenía fuertes relaciones con la industria petrolera, por lo cual no tomó medidas para enfrentarla. Al contrario, Gore tenía un fuerte compromiso contra el cambio climático, a tal punto que recibiría en 2007 el Premio Nobel de Paz por su lucha en ese campo. Además, hace 20 años no existía tanta polarización en Estados Unidos sobre el tema, así que Gore hubiera podido alcanzar acuerdos internos en ese país que le hubieran permitido liderar la celebración de tratados internacionales robustos contra el calentamiento global. Hoy la situación podría ser más manejable. Pero Bush ganó y ahora enfrentamos una gravísima y tal vez irreversible crisis climática.

En ese momento había en el mundo aproximadamente 6.000 millones de personas, pero solo podían votar por Bush o Gore los estadounidenses, que eran unos 300 millones. El 5 % de la población mundial tuvo en sus manos la suerte del planeta, lo cual no parece muy justo si tomamos en serio el ideal democrático, según el cual todos tenemos derecho a participar en las decisiones que nos afectan.

Esta discrepancia entre decisiones nacionales que tienen efectos globales sugiere que la democracia y el constitucionalismo no deberían estar atrapados en el marco del Estado nacional. A esa razón podríamos agregar al menos otras dos igualmente poderosas: i) la necesidad de que el goce de los derechos humanos sea verdaderamente igualitario a nivel universal y no dependa, como sucede hoy, de la nacionalidad —la esperanza de vida de quien nace en Noruega es de 83 años, mientras que es de 53 para quien nace en República Centroafricana—, y ii) la existencia de amenazas globales, como el cambio climático o las pandemias, que requieren cooperaciones mundiales robustas.

La idea de un constitucionalismo global o cosmopolita puede parecernos extraña y utópica, a tal punto que estamos acostumbrados a un mundo westfaliano dividido en Estados soberanos. Además, parece ir en contra del espíritu de los tiempos por el ascenso de liderazgos chauvinistas, incluso en grandes democracias, como Trump en Estados Unidos o Johnson en Reino Unido. Pero es un ideal que tiene todo el sentido del mundo. Además, como lo muestran las propuestas específicas de quienes han buscado aterrizar este planteamiento, por ejemplo Ferrajoli en su libro Constitucionalismo más allá del Estado, es un ideal que no tiene por qué realizarse de un día para otro, sino que puede materializarse a través de reformas incrementales. Y en todo caso, incluso si es irrealizable, no es un concepto inútil, pues debería guiarnos al discutir muchos problemas contemporáneos. Por ejemplo, si uno acepta ese ideal cosmopolita, no dudaría de que, a pesar de sus imperfecciones, es necesario fortalecer las instituciones internacionales multilaterales y globales que van en esa dirección, como la OMS, los sistemas de protección de derechos humanos o las propias Naciones Unidas.

* Investigador de Dejusticia y profesor de la Universidad Nacional.

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