De odios viejos y prematuros

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Rubén Mendoza
16 de marzo de 2017 - 02:00 a. m.
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Uno se defiende con sus héroes. Qué sería de Van Gogh si supiera que su hermano escondía sus obras y no las exponía, así le enviara el dinero de sus supuestas ventas. Según sus cartas el artista nunca dudó de su propio talento, en contra del río que lo condenaba al olvido, a la intrascendencia. Siempre pienso que murió sin tener en qué caer muerto, aparte de la Tierra entera donde se desplomó, y hoy en cambio mantiene a miles con empleos directos y otros miles por carambola. Pienso Lucia Berlin, por dar otro ejemplo, escritora norteamericana ignorada en su momento, y quien el año pasado, con ella ya con más de una década de tierra encima, fue el suceso literario en América (USA) con sus cuentos recopilados en Manual para mujeres de la limpieza, que llegó a mis manos con la furia de una feminista chilena, artista del cine.

Y no hay culpables ni culpas. Los tiempos entienden o no entienden a algunos, y luego el mismo Tiempo prepara la cancha para digerir lo no entendido o enterrarlo de nuevo.

El tema me viene a la mente por dos cosas. Acabo de pasar por una experiencia muy potente al proyectar mi documental Señorita María, la falda de la montaña en el FICCI, en Cartagena. Más que proyecciones fueron “ceremonias” como dijo desde la honestidad de su inteligencia la propia Señorita. Sabiendo que un Festival, como un rodaje, es un paraíso artificial aunque verdadero, con fecha de caducidad, estaba aterrado porque un documental convocara de esa manera (los artículos y la crítica, aparecer en varias publicaciones reseñada entre las imperdibles, filas de cuadras y gente afuera en todas las proyecciones, en una por cientos), como también lo están haciendo otros documentales y documentalistas, y por el efecto arrasador del arte, del que no tenía noticia en ninguna de mis anteriores películas de una manera tan gráfica y palpable: cuando íbamos a los teatros múltiples para responder preguntas al final de nuestra proyección, debíamos atravesar las filas de gente que esperaba para entrar a otras películas, no necesariamente del Festival: en esas filas las miradas de burla y de desprecio que impulsan a la Señorita desde niño no faltaban; sobraban: muchos desprecios inmediatos, lo de siempre. Atravesando esas líneas de risas y de odios entraba entonces la Señorita a su sala, sola, unos pasos adelante del equipo y empezaba la ovación para alguien que no ha hecho sino recibir desprecio y oprobios desde antes de nacer. Ovaciones de minutos, escandalosas, sentidas, eléctricas y con ofrendas de todo tipo de la gente a la Señorita. Algo haría tanta energía en su corazón, misterios que aún mastica, de nuevo en su caverna, en las montañas.

Y por la polémica que encontré saliendo del rodaje de Niña errante: un rodaje místico que acabó nueve días antes del FICCI, con el que atravesé el país con una heroína y sus hermanas medias y un equipo de leyenda, desde el Pacífico Sur galopando las tres cordilleras hasta el Atlántico Norte. La niña, la heroína se llama Ángela. Un poeta paisa me hizo ver que no hay heroína caleña (la película arranca en Cali y sus protagonistas son caleñas) que no se llame Ángela: herencia de Andrés Caicedo, subrayó. No lo había pensado hasta que él me lo dijo. Y esa fue la polémica que encontré en la prensa. Voces torpes y mediocres, obstinadas en demostrar 40 años después que el eco de la voz de Andrés Caicedo no existía, no valía la pena, era irrelevante. El propio oficio de escribir sobre el objeto de olvido los contradecía, pero saltándonos esa tautología, ¿por qué habrá tanto empeño en negar el valor de nuestros mitos? Nos cuesta tanto celebrar el talento y el valor del otro, o criticarlo sin pasar al odio. Nos da pena celebrar la creación del otro. En muchos lugares artistas y músicos tienen un primer camino abonado: a su barrio, a su ciudad, a su país no les da pena corearlos, quererlos, o criticarlos pero reconociendo que tienen un camino. Todo menos indiferencia concertada con la envidia.

Mientras los chorros de tonterías salen a flote, Rosario Caicedo, la hermana de Andrés, la hermana hermana, la que defiende y comparte su obra y su verdadera figura sin reparos, con el amor amor, abarrota auditorios y escenarios por toda Colombia, donde está por un tiempo, caminando con el fantasma de carne, hueso, papel, acetato y celuloide de su hermano. A diario hay auditorios abarrotados de jóvenes a los que ya “no les importa” la obra de Andrés y decenas de personas que no logran entrar. Cómo sería entonces si sí importara. Además, cuando no pueden con él o con su obra, en ningún idioma de los que ha sido traducido, la agarran contra sus amigos, quienes rescataron su trabajo y supieron sin envidias de su valor desde el principio, y la defendieron con gallardía y honor antes de que cayera en manos de quienes fueron capaces de revenderla, o sea de putiarla. No conozco un amigo más bueno que Luis Ospina, algún día le pregunté si el amor por la obra de Andrés era por lo buena que era o por el amigo que fue: “Andrés era mucho mejor escritor que amigo”, zanjó. El caso de una generación que, antes de que la Historia del Odio y de la Envidia la borre o la ignore, debe hacerse cronista de su propia cosmogonía, de sí mismos, sin vergüenza: conscientes de manera altanera del valor de su obra y de haberla hecho, desde los años de Andrés, hasta ahora, cuando Todo comenzó por el fin, aún presente, ahí, en la maravillosa película de don Luis.

Y volviendo a mi caso, sin compararme con mis héroes y heroínas pero amparado por el amor que les tengo, encontré comentarios de usuarios sobre la Señorita (en esas alcantarillas del odio, foros, a pie de página de los artículos), de este corte: “Basta con el cliché de Rubén Mendoza”, “nadie lo conoce y solo vive del FDC (Fondo para el desarrollo cinematográfico)…”, o despreciando el premio de Cartagena, etc. Aunque fueron contados contrastado con la reacción al documental (ayer por ejemplo el tráiler superaba las 100 mil visitas, en cuatro semanas, impensable para un documental colombiano). Me recordaba la polémica que suscitó hace poco un “director” de cine Colombiano de la época de Fo/cine, dedicado ahora a la estadística (por no decir a la traición) y a hacerse del lado de los poderosos, exhibidores, negociantes, a exigir que el cine debe ser multitudinario y rentable para que sea Cine. Cuando respondí a sus afrentas me tuvo que aclarar en un correo personal que él “ya había hecho un clásico del cine Nacional”. Si lo tiene que aclarar está todo dicho.

Dos cosas. Repito. El cine, el arte, debe existir como existen los Parques Nacionales porque es la cédula de nuestro tiempo. Es irrelevante que sea taquillero o no (ojalá, eso sí, las películas fueran vistas por todos): aún en USA el porcentaje de películas que logran recuperar en taquilla es mínimo: ínfimo. Se sabe que se hace cine a riesgo y a veces el riesgo se paga en dinero, otras no, pero en cambio siempre es semilla en algo, en alguien.

Yo he ganado varias veces el FDC que me parece un mecanismo transparente, entre otras, justamente por no traer prejuicios establecidos tan subjetivos como lo que pueda tener éxito. Siempre he ganado con jurados internacionales, acompañados de alguno nacional en ocasiones, y nunca he repetido un miembro de estos jueces (además de que jamás por agüero miro quiénes son antes de encararlos, de que me hayan llamado a segunda ronda). He perdido más veces de las que he ganado, y la mayoría de veces que he ganado he tenido que presentar un mismo proyecto, evolucionado, año tras año, hasta lograrlo. Como la mayoría de ganadores de este Fondo. Hemos aprendido, esta generación y la que viene, a ganar y perder sin reclamos porque el mecanismo es cercano a lo justo (en buena parte), y no hay injerencia o palanca política (sería imposible articularla); reconociendo también, eso sí, que hay ganadores que hacen cualquier bodrio con el premio y que muchos que lo merecerían jamás lo han obtenido. Pero celebramos las películas de los otros, que los otros puedan hacer, como les dé la gana, no exija un mercado o los hombres de negocios.

También he hecho películas sin recursos. Lo mío es estar en esto de hacer, no en la estadística. Me he dejado la piel en cada una, no tengo nada propio, material, estando a menos de cinco años de cumplir 40. Pero nadie me quita lo filmado.

Alguien, aunque fuera desde el dolor y con buena intención, condenaba en estos días a Víctor Gaviria al olvido porque le iría mal en taquilla con La mujer del animal (esa máquina de moler llamada película que hizo nuestro Maestro), y aún algún atrevido más le pedía que dejara de hacer cine. ¿Quién se cree la gente para tratar así a sus poetas?; a los encargados de dar voz a los que se la han arrebatado o nunca la han tenido. En mi caso qué significa “basta con el cliché de Rubén Mendoza”, si apenas llevo diez cortos y seis largometrajes en los que me he dejado el alma y que he cocinado por años de años, cada uno. Lo dicen sin haber visto la película, seguro, contagiados por voces ajenas, por rencor propio: en este momento la diferencia entre hacer y no hacer es hacer. Yo me quedo con lo filmado y ahora también con lo vivido después de terminarla. La magia, la mística a la que obliga el cine como lo ejerzo: en La sociedad del semáforo, en Tierra en la lengua, en Memorias del Calavero, en El valle sin sombras, en Señorita María, la falda de la montaña, en Niña errante, en todas las que vengan porque no hay terquedad que pueda con la propia cuando se ama artesanalmente como amo, como lo hacen otros, el oficio: la mayoría no las conoce, pero atravesaron la vida de los cientos de involucrados en ellas delante y detrás de cámaras; a algunos nos transformaron por completo, mientras las hicimos en cualquiera de sus etapas, o al verlas. Alteramos la vida de las poblaciones por las que pasamos, con respeto, con alegría, con complicidad. Así como sucede en las películas de otros.

La gente imposibilitada para crear, situación que no es ningún pecado, a veces se atrofia y queda imposibilitada para disfrutar del bien ajeno, o para criticar con sentido, sin apuñalarse el hígado de rabia. La gente que no puede crear no tiene necesariamente que dedicarse a destruir: a tratar de destruir porque qué puede hacer una uñita a un buque que lleva creciendo 6 años y en miles de corazones. Si acaso pincharse el propio ojo. ¿Cómo puede el odio ser el indicador de un camino? ¿Cómo puede alguien ser tan abusivo para pedir, ordenar, que alguien cambie de oficio, como si amar lo que se hace en otro campo fuera tan fácil? Cómo si dejarse la piel en cada intento no tuviera las toneladas de dolor y de placer que implica crear. Todos los nombrados seguirán, y ojalá yo haga parte de los que podemos seguir haciendo mientras tenemos el chance de estar en esta Vida. A la larga el odio es motor, leña, para la hoguera del corazón y la cabeza, para el incendio del arte.

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