Publicidad

El colombiano del siglo

Sigue a El Espectador en Discover: los temas que te gustan, directo y al instante.
Rubén Mendoza
27 de abril de 2016 - 02:16 a. m.
Resume e infórmame rápido

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

0:00

/

0:00

He tenido que caminar unos pocos días con Fernando Vallejo. En mi casa su voz fue fundamental mucho antes del boom de ‘La virgen de los sicarios’, porque mi papá, siendo nosotros unos críos, nos leía a Vallejo en voz alta.

Yo era el mugre de mi casa, no había colegio que me soportara y sin embargo Vallejo me parecía demasiado. Me parecía que se pasaba de la raya. Luego a la raya la llamé margen y vi, que ahí, jugando con él, estaban buena parte de mis ídolos, musicales, literarios, cinematográficos, sociales, y que era ahí, al margen, unos pasos más allá, a unos metros de mí, donde mi corazón latía.

Años más tarde el embrujo había hecho su cuna y la Bruja, su Bruja, ya era una amiga mía, sin que él ni la Bruja supieran. Y tenía su mitología entre mis sienes: Santa Anita, doña Raquel, la Loca madre y la loca quebrada… el amor por Fernando González, la cercanía de ambos con el mundo rural, de Colombias muy extremas…. Cuando su universo ya era un idioma que yo hablaba, tuve la fortuna de la amistad de Luis Ospina, quien, siendo yo un muchachito, me dio la oportunidad de editar para él la película documental La desazón suprema: retrato incesante de Fernando Vallejo. Yo me le había ofrecido porque mi amor por un hombre como Vallejo era cierto, una amistad unilateral, un agradecimiento desinteresado. No veía quién pudiera darle la talla en torear el idioma como él lo hacía. Todo el vigor de su prosa y de su poesía, de su amor por poetas amados por mí como José Asunción o Porfirio, la fuerza con la que se inscribía solo en el partido de la rebeldía, lo hacían un héroe para cualquier desencantado, como yo, y especialmente a todos los desencantados decididos a pasar la vida celebrándola. Porque la gente se confunde: el adjetivo que más usan para hablar de Vallejo es “amargado”, aunque le compite muy de cerca “hijueputa” y “omosesual” en todas las ortografías… ¡pero amargado!, ja. Para el que lo sospecha con la película y tiene la dicha de conocerlo hay pocas personas más dulces que Fernando.

La gente no entiende porque cuando le muestran un espejo y ven el espanto que somos y el espanto que seremos, prefieren romper el espejo, cambiarlo, volver a la morfina de la televisión. Nada de mirarse, nada de quitarle maníacos a la rentable industria de la ignorancia, que tanto nutrimos. Amargado, mentira. Fernando más que una persona es un abrazo. Y más, repito, para cualquier soldado del ejército de desencantados. También lo llaman ignorante, o bruto, lo invitan en los foros y comentarios de la cloaca de internet a “largarse de Colombia si tanto le molesta”, usan todos los calibres de groserías, de calificativos: se toman el derecho a la palabra para empuercarla sin tener en cuenta lo que un ser como él ha hecho para ganarse el derecho a proclamar la suya: si empezó a escribir es porque primero se enseñó a hacerlo, en un libro genial, críptico y publicado en México por el FCE, Logoi… Si escribió de ciencia es porque se metió a muerte con la ciencia. Si hizo cine es porque lo estudió, lo devoró, lo hizo pese a las prohibiciones y lo dejó cuando hartó su curiosidad. Si habló de Silva es porque se metió décadas a saberlo antes de poner una letra de Chapolas, o de Porfirio en el libro que escribió y publicó de dos maneras, con dos títulos, pero sobre un mismo hombre. Si se atreve a ayudar a morir a alguien se instruye hasta las moléculas, como hizo para enseñarse griego, y escribir en él, o tocar piano y darse el gusto de sacar a Chopin de sus manos, cada vez que le da la gana.

Si escribió de Matemática y de Religión o de Física, es porque se embutió, procesó, masticó, digirió la bibliografía entera. Si se metió al Río del tiempo, a hablar de su vida es porque se ocupó a carta cabal, sin peros, transparente como es, a vivirla desde siempre. Si se va lanza en ristre contra la iglesia es porque sabe la Bilblia, las biblias, al derecho y al revés. Porque sabe que los primeros que escribieron de Cristo, por más de que nos traten de vender a los apóstoles como cronistas, en realidad son otros, homónimos, pero que nacieron más de un siglo después. Porque conoce con nombres y fechas los abusos e inmundicia en todos estos siglos de historia. Si se indigna con un político no es demagogia ni ganas de repetirse: es porque así sepa ver que no hay un problema personal, las consecuencias de los actos de los políticos terminan encochinándolo, como a todos nosotros.

Pero Colombia, especialista en dilatar y mirar hacia otra parte cuando se le cuenta de su inmundicia, prefiere ponerlo en la mira. Vallejo no cabe en Colombia Magia Salvaje, en el país más bello y feliz de la Tierra. Colombia especialista no en que le duelan sus tragedias y heridas, sino en que se representen, o filmen, o dibujen o se hable de ellas. No importan las niñas violadas por bazuco en las calles de la muerte: importa que se haga una película o una poesía con eso. Qué dirán afuera.

Colombia acostumbrada al deshonor y la falta de palabra de sus políticos y vanidosos líderes y artistas, le da igual lo que se le diga o se le prometa. Varios intelectuales colombianos, por ejemplo, incluidos García Márquez y Vallejo, firmaron una carta cuando nos impusieron la visa para España: no volverían jamás a pisar la Madre Patria mientras nos solicitaran visado. Firmaron la carta casi una docena. Todos volvieron tarde o temprano a España, cuando se acabó el calor de la promesa, cuando nadie recordaba. Todos menos uno que considera la palabra y el valor moral algo innegociable: Vallejo.

En la emisora La W, ese hombre que no hace sino dar besos a los poderosos, ponderarlos, mediar por ellos, evitarles preguntas incómodas e incorrectas, llamado Alberto Casas, que tolera el irrespeto de tantos políticos por el pueblo, pero que muestra desdén y desprecio por Vallejo, seguramente porque no tiene cómo mangonearlo, se atrevió a decir que Fernando no había firmado la carta sino que lo decía por hacer alharaca, y porque era un gritón y un cantaletoso. Pero las mentiras en La W no son mentiras, son certezas y silencio: decretos. Pues no, como en tantas otras cosas y casos. Fernando la firmó y aunque luego le pareció una “ligereza”, fue el único que supo decir sin decirlo sino haciéndolo, que la palabra vale, que es para cumplirla, que hay un honor que no se mide en gloria, ni dólares, ni egos, ni en conferencias, sino que es sencillo, y está en la voluntad de uno mismo.

Alguien comentaba en el video del discurso de la FILBO 2016 que la gente era miope y seguía viendo en Vallejo a su verdugo, al verdugo de Colombia y a un repetidor cantaletoso en lugar de darse cuenta de que ”los que nos repetimos somos nosotros”, todos. Y eso sí que es verdad. El habla porque le han pedido y dice lo que tiene que decir con una pasión y una preparación que no he visto. Como cuando se hacen las cosas por amor, sabiendo que allí se puede entregar la vida a la divina muerte, y más en este país de machotes y traquetos delicados, patrioteros.

Yo vi a Vallejo en Enero en México y llevaba ya tres meses, me contó, preparando el discurso de la Feria del libro de Bogotá de 2016. Preparando sus repeticiones si quieren ustedes. Pero con tanto rigor, con tanto amor, con tanta gracia. Vallejo sería el verdadero Colombiano del Siglo. El otro, el elegido, es verdad que representa más los valores que reinan acá y en ese sentido más nos representa: gavillero, intolerante con la diferencia, patán, aletoso, lleno de suciedad bajo su ropa impecable y su corbata… Vallejo en cambio representa todo el dolor por el desastre de una tierra, por el desastre de su tierra, de la Tierra, por este tierrero.

Continúa...

Cuadras de gente esperaban para entrar a oír a Fernando Vallejo, cuadras que son nadie, que son nada, pero que ya, sea lo que sea, son seres de amor, por los animales, por ellos mismos, por la dignidad, y que tienen clarísimo que Vallejo no viene a ofendernos, sino a contarnos las profundas aristas de su amor. Vallejo viene a hacernos un regalo. A hacernos llorar de risa y reír de tristeza. Viene a contagiarnos con el camino del amor, verdadero, posible, honorable.

Sin embargo hay perlas, como él mismo diría, en el chiquero. Y sin buscarlo. A veces señoritas hermosas, tal vez con la esperanza de “redimirlo” o “enderezarlo”, se paran frente a su mesa de firmar libros, y lo miran, simplemente lo miran, tratan de empujarlo con los ojos: agradecidas, abstraídas. Otras señoras y ancianas se acercan y se les escurren las lágrimas, como a él hablando luego de ellas, pues sentían en Vallejo un aliado de amor para la misión que tienen con los animales. No fanfarronéa con su obra ni con la zalamería: contaba emocionado el llanto de las señoras al abrazarlo porque era un llanto solidario con el dolor animal. Solo recibe amor en la calle Vallejo. En la calle no está la trinchera cobarde del anonimato de la red. En la calle va él, con su escudo natural, su presencia y sus palabras. Va apuñalado de dolor y al tiempo enmontado en el bosque de la dicha.

Conoce más

 

Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación
Este portal es propiedad de Comunican S.A. y utiliza cookies. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su uso, de acuerdo con esta  política.