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Reflexionándolo mejor, he decidido respaldar a Iván Cepeda en su aspiración a la Presidencia de la República. Estoy convencido de que será un mandatario más reflexivo y transparente que Gustavo Petro. Sabrá rodearse con un equipo meritorio y tomará mejores decisiones, basado en evidencias y no en corazonadas paranoicas.
Tuve la oportunidad de conocer a Cepeda cuando era presidente del conjunto residencial en que vivo y un activista de barrio me hacía oposición con toda clase de maniobras en la junta directiva del conjunto, desde la cual intentaba avanzar su plataforma. El activista contactó al hoy candidato a la presidencia para pedirle que lo apoyara en su “lucha”. Iván Cepeda no se dejó convencer y decidió indagar por su cuenta cuál era la situación. Se reunió conmigo y le pude informar de los líos que teníamos en unas residencias que albergaban a muchos pensionados y a familias de clase media que tendrían problemas para pagar cuotas de administración más elevadas. Los trabajadores gozaban de condiciones de estabilidad y garantías de seguridad. Seguidamente, Cepeda tomó la decisión de no intervenir en el conflicto que eventualmente se decidió a favor de los intereses de trabajadores y propietarios, con ajustes salariales más generosos.
El programa de gobierno de Cepeda se resume así: “el desafío de nuestro gobierno será avanzar hacia una segunda etapa del cambio, capaz de profundizar las reformas, atacar las causas estructurales de los problemas nacionales y consolidar un nuevo horizonte democrático para Colombia”. Cepeda puede ser más ideológico que Petro, pero también me parece más dispuesto al diálogo y a buscar aliados para seguir impulsando las reformas contenidas en el programa del Pacto Histórico. Yo estoy convencido de que Colombia necesita gobiernos reformistas para consolidar la paz social y adelantar las reformas que la población requiere: una educación universal de buena calidad, aprovechando el bono demográfico representado en la estabilidad de la población, consolidar un sistema de salud universal y una reforma tributaria justa que aporte los recursos para financiarlos.
Cepeda tiene todas las virtudes que le faltan a Abelardo de la Espriella. Ha sido un político al servicio de los intereses de su electorado, sobrio y acotado, ha sufrido atentados y persecuciones que no lo han apartado de la búsqueda de soluciones para los intereses populares que su contendor ignora. No hace alardes de riqueza ni tiene villas en Italia ni en Miami; Cepeda es, por el contrario, de una austeridad franciscana. Es una persona que rehúye el lenguaje procaz y agresivo que es la marca con que se identifica Abelardo, quien en realidad es un “tigre de papel”, que aún así constituye una amenaza para la democracia en el país.
El programa de Cepeda se sintetiza así: “se trata de una revolución ética, que enfrente la corrupción y reconstruya la moral pública; una revolución social, que supere la pobreza y garantice derechos; una revolución territorial, que reconozca la riqueza humana y natural de los territorios; y una revolución política y democrática, que amplíe la participación ciudadana y fortalezca el poder del pueblo”. En cierta forma, es una crítica al gobierno de Gustavo Petro, que no se distinguió por su integridad y que fue sacudido por serios escándalos de corrupción. Pero también Cepeda se impone unas tareas titánicas que no pueden resolverse en cuatro años de gobierno.
