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Deuda pública y candidaturas

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Salomón Kalmanovitz
08 de junio de 2026 - 05:04 a. m.
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En abril de 2022, la deuda interna (TES) alcanzaba COP 480 billones. Cuatro años más tarde, tocó los COP 860 billones, equivalente a un crecimiento del 80 %. La deuda externa pasó de COP 750 billones a COP 1.200 billones, crecimiento del 60 %, y eso que el peso se revaluó por el efecto conjunto del endeudamiento en divisas y de la bonanza petrolera. Eso significa que la deuda contraída en términos reales fue aún mayor que su valor nominal. La revaluación terminó siendo costosa para los exportadores de bienes y servicios distintos a los energéticos, pero benefició a los consumidores de bienes importados, vehículos entre otros que destellan en las calles y carreteras del país. Se trata de uno de los gobiernos más gastadores en toda la historia del país.

La política indicada para no exacerbar la inflación era que el gobierno ahorrara para que el sector privado pudiera gastar más, pero no sucedió así. El presupuesto de 2026 alcanzó la cifra histórica de COP 557 billones, casi 16 % del PIB, superando a la inversión privada por primera vez desde 2005, desanimada por el pobre crecimiento de la economía que este año marcó solo 2,2 % en el primer trimestre. Era de esperarse que el impulso del gasto público contagiara al sector privado, pero tampoco pasó, aunque falta por ver cómo se desenvuelve la economía en lo que resta del año. Se pronostica que el progresismo pierda las elecciones presidenciales frente a una extrema derecha inflamada de entusiasmo, combinada con el desgaste del gobierno que contagia a su candidato.

Una consecuencia del exceso de gasto fue que la inflación se ranchó en 5,7 %, lejos de la meta del Banco de la República, que es del 3 %, lo que lo obliga a desplegar una política contraccionista que despierta el rencor del presidente que se entretiene renegando de las decisiones del Emisor y de los miembros que él nombró en su junta directiva y que no responden –ni tienen por qué hacerlo– a sus caprichos. Algunos proyectan que la inflación de 2026 terminará en 6,5 %. Petro sembró vientos y claro que está cosechando tempestades. La responsabilidad de la persistencia de la inflación es suya, al decretar un alza exorbitante del salario mínimo que tiene efectos devastadores, efectos que el banco central intenta contrarrestar con su política monetaria contractiva. Lo que buscaba el presidente era favorecer a su candidato para que el progresismo continuara en el poder, estrategia que no constituye una apuesta segura para que el parsimonioso Iván Cepeda gane la elección del 21 de junio.

La disyuntiva entre el candidato del gobierno y Abelardo de la Espriella nos deja a muchos electores solo con dos opciones: abstenernos o votar en blanco. De la Espriella me parece más riesgoso que Cepeda: exhibe una personalidad rimbombante, impredecible, sin programa conocido, un destripador según sus propias palabras, que representa un salto al vacío. Cepeda es el continuismo del Pacto Histórico más atenuado, sin la personalidad errática de Petro, pero de todos modos identificado con él. Si me abstengo no quedo registrado, mientras que el voto en blanco ofrece el testimonio de que no me inclino por ninguno de los candidatos. Es una forma de protesta ante la ausencia de alternativas con las que me sienta representado.

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