La mayor parte de los pronósticos pintan el año que se nos viene como de recuperación. Después de una contracción profunda que provocó la pandemia, especialmente en el segundo trimestre de 2020, la reapertura de muchas actividades dio lugar a una corrección parcial. Colombia fue el segundo país de América Latina con el mayor número de casos por millón de habitantes, después de Argentina. El desempleo, que alcanzó el 20 % de los trabajadores, se redujo al 16 % en el mes de septiembre, uno de los peores resultados de la región. La pobreza aumentó del 36 % de la población antes de la pandemia al 49 % en la actualidad. De continuar el proceso de reanimación, el año terminará con una caída del PIB del 8 %, con un crecimiento del 4 % para 2021, según el FMI. Eso supone que la curva de contagios del COVID-19 se aplane y continúen recuperándose otros sectores de la economía.
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La respuesta del Gobierno frente a la crisis sanitaria fue mediocre. El paquete fiscal equivalió al 3 % del PIB, cuando el de América Latina fue de 4,5 %, en los países de la OCDE fue casi el 10 % y en Estados Unidos, el 15 %. La política más imbécil frente a la pandemia fue la de México, cuyo paquete fiscal no alcanzó a ser el 0,5 % del PIB y mantiene altas tasas de interés, cuando la contracción de su economía es monumental. En nuestro caso, la limitación tuvo que ver con la posición fiscal negativa que tenía el Gobierno antes de la crisis, gracias a su reforma tributaria, que devolvió impuestos en 2019, y un alto endeudamiento del 60 % del PIB. De nuevo el FMI proyecta un déficit fiscal en 2020 de 9,5 % del PIB y del 6 % en 2021, así como un endeudamiento equivalente al 68 % del PIB.
Aunque se lograron nuevos préstamos externos cuantiosos, hoy el Gobierno tiene en caja sin gastar $15 billones, 1,5 % del PIB, según el Observatorio Fiscal de la Universidad Javeriana. Una consecuencia de ese endeudamiento en dólares fue una fuerte revaluación del peso, que alcanzó a rondar los $4.000 por dólar y hoy está en $3.650. Esa es una mala noticia para los exportadores y para el balance externo del país, pero beneficia a los importadores y a los consumidores. Es también un lastre para el crecimiento económico. Si se da una reversión de los flujos de capital, podríamos tener la situación contraria de devaluación y una mayor inflación, lo que obligaría al Emisor a aumentar sus tasas de interés.
El Banco Central ha provisto abundante liquidez a la economía mediante la adquisición de bonos públicos y privados, ha aumentado el crédito y dado acceso a empresas que están en situación precaria debido a la contracción de la demanda. Como lo informa un célebre financista, cuando baje la marea sabremos cuáles bañistas están sin pantaloneta, o sea, cuáles empresas están destinadas a la quiebra.
La economía colombiana depende hoy de las exportaciones de petróleo, que ha mantenido cotizaciones de US$40 por barril, frente a mayores de US$100 en las épocas de vacas gordas, y cuyas perspectivas son desfavorables mientras continúen el confinamiento global y el colapso de todos los medios de transporte.
El 2021 es también el año de una nueva reforma tributaria que debe recaudar entre 2 y 3 % del PIB para encarar el endeudamiento que asumió el Gobierno y reducir el déficit fiscal, algo que se complica porque entramos en campaña electoral para las presidenciales de 2022. De no darse, perderíamos el grado de inversión y entraríamos en barrena cambiaria.
* Basado en una presentación de Mauricio Reina, de Fedesarrollo.