El ministro de Hacienda, Ricardo Bonilla, cerró temporalmente la puerta a la firma de nuevos contratos de exploración de hidrocarburos en Colombia. Aseguró que no le asusta que las reservas del país alcancen solo para siete años porque así ha ocurrido en los últimos 40 años. Se trata de una forma desparpajada de informar al país sobre algo muy serio. Según el diccionario, el desparpajo refleja “suma facilidad y desembarazo en el hablar o en las acciones”, y se asocia además al desorden y a la confusión. Eso sí que nos asusta bastante. Mucho echamos de menos a José Antonio Ocampo.
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El Gobierno insiste en prohibir la búsqueda de nuevas fuentes de energía fósil, que en un plazo relativamente corto puede producir una crisis de graves consecuencias para la economía que depende en gran medida de este recurso natural. El ministro agregó que la moratoria en la otorgación de nuevos permisos será de seis meses, lo que la ministra Irene Vélez debió celebrar como una victoria de su infantil postura ideológica.
El panorama es mixto: por un lado, están las exportaciones del país que alcanzaron más de US$57.000 millones el año pasado, un crecimiento del 25 % en el que el petróleo y sus derivados aportaron US$32.000 millones, el 56 % del total; por otro lado, está la creciente escasez de gas natural. No se entiende por qué desde el Gobierno se atenta contra el bienestar de todos.
El panorama para el gas es complejo pues el país debe importar casi un tercio del consumo. En 2022 las importaciones de gas se multiplicaron por cuatro para compensar la insuficiencia de la producción local, lo cual afectó el precio del combustible más utilizado en las cocinas de los colombianos. Para agravar el problema, el país es muy dependiente para su suministro de electricidad de las plantas hidroeléctricas que están enfrentadas a un fuerte verano que ha hecho descender los niveles de agua y ha conducido a cortes de energía en varias regiones del país. El anuncio de la posibilidad de que se presente un nuevo fenómenos de El Niño solo empeora la perspectiva.
Para compensar la reducción del suministro hidráulico de energía, hubo que encender las plantas alimentadas con gas. El uso de gas es también dominante en la industria y no menos en los hogares, que conjuntamente representan el 44 % del consumo del país. El resto es el gas vehicular de taxis, buses y camiones. La interrupción del suministro de este combustible en el occidente del país a raíz de una falla en su transporte, con largas filas de taxis y vehículos haciendo cola en las bombas, puede ser el preludio de una escasez más estructural que se puede presentar a futuro. Para los hogares, el gas se tornó en el combustible más barato disponible y eso ha disparado su demanda.
Nunca habíamos experimentado un gobierno en el que se impusiera la ideología sobre las necesidades de 50 millones de ciudadanos. En esa línea están los cuestionamientos y las críticas del presidente al Comité de la Regla Fiscal —que vela por los equilibrios macroeconómicos y la buena marcha del país— y despiertan grandes inquietudes e incertidumbres en los mercados financieros locales e internacionales. Para los iluminados, los intereses colectivos pueden ser inmolados para cumplir el noble fin de preservar el medio ambiente. En el lenguaje mesiánico del presidente, su Gobierno pretende contribuir a la salvación de la humanidad y del planeta, sin importar que se desbarate la economía nacional.