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La inflación y el balance fiscal

Salomón Kalmanovitz

11 de abril de 2010 - 09:50 p. m.

FUE UNA SORPRESA QUE LA INFLACIÓN de marzo fuera tan baja, 0,25% y la anual 1,8%, porque el intenso verano hacía prever que se iba a disparar el precio de los alimentos.

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Los precios de los alimentos sí subieron bastante, debido al fenómeno de El Niño, pero el resto de precios cayó más de la cuenta. Aunque resulta una buena noticia para los consumidores, una inflación tan baja refleja el debilitamiento de la demanda agregada y, por ende, que la economía puede recaer en recesión.

El Banco de la República se orienta por una regla de oro: debe reducir su tasa de interés e inyectar más dinero en la economía cuando se está sobrecumpliendo la meta de inflación. Con una tasa de interés de 3,5% con la que presta al sistema financiero, la caída de la inflación significa que se endurecen las condiciones de pagar las deudas contraídas por los agentes económicos, quienes reciben menos dinero por sus ventas. El Emisor puede entonces disminuir su tasa de interés progresivamente para acercarla a la inflación y, además, se puede dar el lujo de adquirir divisas, neutralizando en parte los dólares que está trayendo el Gobierno para tapar su tronera fiscal.

Según Francisco Azuero en su blog, “el Plan inicial (del gobierno) tenía previstos desembolsos de crédito externo por valor de US$4.650 millones (en 2009). En realidad se desembolsaron US$5.546 millones, el doble de lo desembolsado en el 2008. No es de extrañar por lo tanto, que el Gobierno Nacional haya sido el principal responsable de la revaluación del peso colombiano, que tanto ha afectado el comportamiento de las exportaciones”. La revaluación disminuyó también el precio de las importaciones, lo cual explica, en parte, por qué se siguió reduciendo la inflación, pero al mismo tiempo esas importaciones desplazaron producción local, obligando a los empresarios locales a comprimir sus precios, un factor adicional que presionó la inflación hacia abajo.

El resultado fiscal de 2009 fue muy malo, con un déficit de 4,3% del PIB. Los ingresos tributarios cayeron al 13,1% del PIB, cuando el Gobierno proyectaba ingenuamente que iban a alcanzar al 17% en 2008: en realidad, cayeron al 13,5% pues se desaceleró la economía. Pero este resultado no fue sólo por la recesión sino por políticas irresponsables de devolver impuestos. “Los resultados del generoso régimen tributario impulsado por este gobierno (exenciones de diversa naturaleza, descuentos tributarios a las adquisiciones de activos y zonas francas), y que ha disminuido notoriamente los recaudos, no fueron previstos en sus propios cálculos” (Azuero).

El ajuste tuvo que ser bastante fuerte. La inversión pública en 2009 fue de $11,5 billones, sólo un 2,3% del PIB, aumentando marginalmente sobre el nivel de 2008, de tal modo que es inexplicable la expansión de las obras civiles que presenta el DANE en su estimación del PIB del cuarto trimestre y para todo el año pasado. Este año, el Gobierno tiene aún más amarradas las manos y opta por la sostenibilidad fiscal, abandonando su compromiso de reactivar la economía. Y sigue trayendo dólares: el miércoles pasado anunció con timidez que había colocado otros US$800 millones en los mercados internacionales, con lo cual el peso volvió a fortalecerse.

Al nuevo gobierno le corresponderá, si es responsable, cancelar los privilegios tributarios, hacer una reforma a fondo para aumentar el recaudo y mantener el gasto público creciendo menos que el producto. ¡Mala cosa!

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