Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
JOSÉ DE MAISTRE FUE UN IMPORTANte ideólogo católico que fundamentó el pensamiento de la derecha en reacción a la Revolución Francesa durante el siglo XIX. De Maistre tuvo fuerte influencia en Miguel Antonio Caro y sustentó los aspectos más represivos de la Constitución de 1886.
El filósofo Isaiah Berlín, en su libro El fuste torcido de la humanidad, mantiene que la actitud mental de Maistre cobró su mayor importancia y reconocimiento en el movimiento fascista que envolvió a Europa en el siglo XX y, podríamos añadir, que persiste en la doctrina del moderno fanático religioso que hace política.
Para De Maistre, el capitalismo es visto como herramienta siniestra que socavaba la autoridad de la nobleza y de la religión. Había que mantener a sangre y fuego el monopolio religioso. El protestantismo era declarado desestabilizador. “El enemigo más peligroso de la especie humana (el destructor cuyo objetivo y cuya función es socavar los cimientos sobre los cuales se apoya la sociedad) es el protestante, el hombre que alza su mano contra la Iglesia Universal”. Consideraba a la Inquisición española como medio para preservar no sólo la verdadera fe sino el grado mínimo de seguridad y de estabilidad sin el cual ninguna sociedad podía sobrevivir.
La esencia de la vida era el ansia de sufrimiento, de sometimiento y de sacrificio. El gobierno era imposible sin represión perpetua de la mayoría débil y confusa por una minoría lúcida e inmisericorde. Era un nihilismo totalitario que desconfiaba profundamente de la naturaleza humana. Decía De Maistre: “El principio de la soberanía del pueblo es tan peligroso que aunque fuese verdad habría que ocultarlo”, en lo cual revelaba un profundo cinismo: todos los medios eran justificados para mantener el control político y religioso sobre unas masas dominadas por instintos bestiales.
El mundo estaba lleno de pecado, crueldad y sufrimiento, donde había que prohibir la búsqueda de la vida, de la libertad o de la verdad por medios seculares. La naturaleza humana era maligna y había que someterla con violencia y con la religión católica. El orden también debía ser mantenido acudiendo al terror desplegado por el verdugo, para lo cual debía guillotinar a miles de inocentes.
De Maistre era defensor de la soberanía divina que podía concentrar en un individuo y en su prole todo el poder del Estado. “El gobierno que se basa en la ley establecida se sustenta sobre una usurpación de la prerrogativa del legislador divino. De ahí que todas las constituciones, en cuanto tales, son malas”.
Y ¿quiénes eran los enemigos del orden? Los alborotadores y los subversivos, protestantes, deístas y ateos, masones y judíos, científicos y demócratas, liberales, anticlericales, igualitaristas, reformadores, periodistas, “todos aquellos que apelan a principios abstractos, que depositan fe en la razón individual o en la organización racional de la sociedad”, a los que hay que eliminar todo el tiempo en una batalla sin final.
Berlín culmina su ensayo diciendo que “un orden que De Maistre consideraba el único remedio contra la disolución del tejido social adquirió existencia, en nuestra época, en su forma más detestable. Se materializó así la sociedad totalitaria que él había previsto” en el nazismo y en el falangismo español. Esa amenaza está presente en nuestra época, aquí y ahora.
