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Hay fuego amigo dentro del gobierno. Luchas intestinas y escándalos lo paralizan. A lo anterior se suma una inflación disparada: experimentó un repunte en marzo de 2026, escalando al 6 % anual, un nivel no visto desde julio de 2024. Se superó la inflación para el mismo periodo del año pasado.
Al parecer, al gobierno le tiene sin cuidado que la inflación se recrudezca porque la gente no es muy consciente de que se está erosionando lenta pero seguramente su capacidad adquisitiva. Al gobierno lo que le interesa es que la economía crezca, que la gente se sienta más rica, aunque en verdad se esté empobreciendo. Le interesa aún más gastar desaforadamente para favorecer a sus activistas con empleos improductivos, pero bien pagos.
La semana pasada Petro convocó un seminario internacional de crackpots (chiflados) que incluyó a Rafael Correa, expresidente de Ecuador, acusado de corrupción por sus contratos con Odebrecht. Buscaba que apoyaran sus delirantes iniciativas, que ponen en riesgo la solvencia y la reputación del país. Dijo cosas como que las alzas salariales exageradas no afectan la inflación, olvidando la teoría del valor trabajo, que estudió en su lejana juventud, y que informa que los salarios influyen decisivamente en el nivel de precios.
Para poder gastar más el gobierno necesita aumentar el recaudo de impuestos y/o recurrir a préstamos. Su intento de hacer aprobar una reforma tributaria por decreto le fue suspendida por la Corte Constitucional que defendió la esencia misma de la democracia: no hay tributación sin representación. Al encontrar cerrada esta avenida, el gobierno recurrió a la colocación de títulos de deuda, los llamados TES, que solían rendir 5 o 6 % anual, pero que hoy se ofrecen con tasas del 14 %, ante el creciente riesgo de insolvencia y de la imperiosa necesidad que tiene la administración para despedirse, dando un portazo de gasto público. La intención es que el candidato del gobierno gane las elecciones y pueda continuar la fiesta del Pacto Histórico en el poder, algo que no es del todo seguro. Como lo expresó Angie Rodríguez, la alta funcionaria de la Presidencia: “muchos piensan que este gobierno no va a continuar y por eso miran cómo exprimirlo”. Se trata de la última oportunidad de apropiar la cosa pública.
Petro sigue obsesionado con maltratar a la junta directiva del Banco de la República, como si fuera un púgil callejero: “Si ellos suben más la tasa de interés, más protegemos. Es más, Germán (Ávila), alístese porque la Constitución habla de salario vital y móvil, ¿cierto? Si la junta [del Emisor] sigue en esa tontería en que va, pues subimos otra vez el salario. (...) El salario vital no está creando inflación”. Eso se lo pueden creer sus fans, pero más nadie. La tontería de Petro es afirmar que el agua no moja o que los salarios no influyen sobre los precios. No quiere entender que la función principal del Banco de la República es controlar la inflación que empobrece a los ciudadanos, por lo cual tuvo que subir su tasa de interés, algo que Petro obstaculiza terca e infructuosamente.
El presidente estudió economía en la Universidad Externado, pero al parecer peló clase el día en que se enseñaba que el salario es el precio más importante de la economía y si aumenta en exceso genera inflación que es perjudicial para todos. Fue lo que sucedió con su estrafalario aumento salarial del pasado diciembre. Ojalá no se le ocurra volverlo a poner a prueba.
