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Poder y progreso

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Salomón Kalmanovitz
03 de agosto de 2026 - 05:05 a. m.
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Daron Acemoglu y Simon Johnson han escrito su nuevo libro que titularon como esta columna, en el que intentan hacer una historia del desarrollo tecnológico y de su impacto económico y social. La sociedad de estos autores, que incluía a James Robinson en sus previos trabajos Por qué fracasan los países y El estrecho corredor, ahora se reduce a los dos primeros. Robinson conocía muy bien el caso colombiano, pero el tema central de este nuevo libro no es el subdesarrollo económico, que era el de sus primeras obras.

El nuevo libro es una historia de las innovaciones tecnológicas y su impacto en el bienestar de la humanidad, la cual depende de las decisiones políticas y sociales con que se implementan tales innovaciones. Las decisiones se determinan por las relaciones de poder existentes en la sociedad y, sobre todo, por el que ejercen los empresarios dueños de las empresas tecnológicas y de los inversionistas de capital de riesgo que proveen el dinero para adelantarlas.

Una hipótesis bastante ingenua de Acemoglu y Johnson es que la sociedad puede elegir aquellas tecnologías que generan empleo y rechazar a las que lo desplazan, de tal forma que se beneficie a toda la colectividad y no solo a los dueños de las empresas que diseñan las tecnologías. Lo cierto es que la tecnología puede ser un arma que ayude a restringir la competencia y fortalecer los oligopolios, algo a lo que contribuye la protección otorgada a los innovadores por medio de patentes. Este sistema garantiza rentas para los inventores o para los adquirientes de las patentes por un determinado número de años, antes de que se pueda generalizar su uso sin tener que pagar por la tecnología. Obviamente, las patentes benefician a los dueños de las invenciones y van en detrimento de los usuarios de sus aplicaciones, o sea, contra la sociedad en general. Pero el monopolio temporal también incentiva la investigación, pues genera rentas que benefician a los inventores y no menos a los dueños de las patentes.

Las tecnologías industriales aumentan la productividad y pueden desplazar mano de obra, aunque también pueden contribuir a crear nuevas industrias que absorban toda o parte de los trabajadores desplazados. Las nuevas tecnologías también pueden ser utilizadas de manera destructiva, lo cual es obvio cuando se aplica a la producción militar y se despliegan en las guerras o en la represión interna de los opositores del gobierno. La tecnología que está detrás de las cámaras digitales o del internet benefician a los consumidores, pero también a gobiernos que decidan entrar en guerras contra otros estados, ejercer represión contra la insurgencia interna o para espiar a sus ciudadanos.

La misma tecnología que dio lugar a los fertilizantes basados en el nitrógeno y que aumentaron la productividad agrícola de manera extraordinaria, contribuyendo a alimentar adecuadamente al menos la mitad de la población mundial, fue aplicada a la producción de las armas químicas utilizadas en la Primera Guerra Mundial. La tecnología puede ser una herramienta para el desarrollo de la producción, para el abaratamiento de los bienes y para el beneficio de la humanidad, pero también para diseñar armas cada vez más mortíferas.

El aumento de la productividad debía contribuir a que los salarios de los trabajadores aumentaran a la par, pero durante la revolución industrial las condiciones laborales se mantuvieron al nivel de subsistencia, algo que se repitió a lo largo del desarrollo capitalista en todo el mundo. Sin embargo, la movilización política y la organización de los trabajadores fue imponiéndole barreras a las condiciones agobiantes de trabajo, dando lugar a la reducción de la jornada de trabajo, al alza de los salarios reales en la medida en que las luchas sindicales lograban un mayor apoyo social y la mayor productividad generaba los excedentes para financiar tanto mayores salarios como ganancias elevadas.

En fin, el libro Poder y progreso aporta a comprender las fuerzas que entraron en juego para permitir un desarrollo sistemático de la productividad a lo largo de los últimos tres siglos, y que se dio primero en Europa y Estados Unidos, pero que se fue derramando imperfectamente al resto del mundo mucho más tarde.

*Basado en una reseña de Noah Smith.

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