El panorama económico internacional es de estancamiento. La economía estadounidense crecerá sólo un 0,5 % el próximo año, según la calificadora de riesgo Fitch. Ella informa que “el aumento de las tasas de interés de la Reserva Federal y la inflación llevarán a la economía estadounidense a una recesión como la de 1990”. Si la locomotora del crecimiento global se atasca, es de esperar que el crecimiento en América Latina y en Colombia también se verá vulnerado.
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Según el “Informe sobre inflación” del Banco de la República, el crecimiento de la economía para 2022, 2023 y 2024 se situaría en 7,9 %, 0,5 % y 1,3 %, respectivamente. Aunque usted no se haya dado cuenta, estamos en la cima de un fuerte auge económico que pronto se esfumará en el aire.
El déficit fiscal legado por la administración Duque fue de 7,3 % del PIB para 2022, histórico, como le gusta decir al expresidente, alcanzando $78,3 billones. En 1999 fue de ¡sólo 4 % del PIB! y entonces nos pareció enorme. La reforma tributaria aportará $20 billones (1,7 % del PIB), o sea que puede absorberlo en cuatro años. El Comité de la Regla Fiscal calcula que en 2023 el déficit será de $59,2 billones, una corrección de casi $20 billones.
El elevado déficit fiscal tiene consecuencias para la cuenta corriente de la balanza de pagos pues fortalece la demanda agregada que acarrea mayores importaciones. En el balance externo, las exportaciones están dominadas por el petróleo y gracias a sus altos precios aumentaron 50 % en valor. Entre enero y septiembre, las exportaciones totales alcanzaban US$43.800 millones, comparadas con US$28.900 millones el año anterior. Las importaciones, entre tanto, fueron de US$59.000 millones, forzando un desequilibrio externo de -US$15.000 millones, -5 % del PIB. Ojalá no se descuelgue el precio del petróleo, que forzaría la reducción drástica de las importaciones.
La reforma tributaria aprobada recientemente ataca el déficit fiscal y aportará suficientes recursos para irlo reduciendo gradualmente. La tasa a la renta de las personas tendrá un máximo de 39 % y a las empresas del 35 %. Aumenta también el impuesto al patrimonio hasta 1,5 %, que puede morder duro a los patrimonios ociosos. Aunque el Gobierno en un primer momento pretendió acopiar $25 billones, la oposición liberal-conservadora del Legislativo lo redujo a $20 billones, que es todavía el doble de lo que lograron las reformas tributarias del pasado. Se prevé que el recaudo aumentará hasta $23 billones en 2026.
Al ser aprobada la reforma, la tasa de cambio había superado los $5.010 por dólar, gracias también a las desafortunadas declaraciones del presidente (“el petróleo es veneno, peor que la coca”) y las de su ministra de Minas, quien anunció la suspensión de la exploración de petróleo y gas, algo que le tocó corregir al ministro José Antonio Ocampo. Cuando Petro apoyó a su ministro, al tiempo que la locuaz ministra aclaraba que “se ha dicho que queremos acabar con toda (sic) la minería y eso es falso”, el dólar se revaluó hasta los $4.800 el 10 de noviembre.
Seguimos transitando sobre el filo de la navaja, mientras que la política monetaria intenta llevarnos a buen puerto. El Banco de la República hace lo correcto: debe elevar su tasa de interés para frenar la inflación y la demanda sobre las importaciones, restaurando en algo el equilibrio perdido. No está bien que el presidente lo critique sin razón cuando intenta salvarnos el pellejo.