El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

Calor y desigualdad, primeros retos para la Patria Milagro

Sandra Vilardy

15 de julio de 2026 - 12:05 a. m.

Es fácil hablar de El Niño desde los mapas, las anomalías de temperatura o las probabilidades de lluvia. Pero es mucho más difícil imaginar cómo se vive un día cualquiera cuando el termómetro ronda los 40 grados y el calor atípico se convierte en una condición para trabajar, estudiar y vivir.

PUBLICIDAD

Pienso en mi vecina que vende arepa de huevo debajo de un trupillo en Santa Marta, con las piernas hinchadas y el sudor corriéndole por el rostro cuando la mañana apenas comienza. En los adultos mayores que ofrecen lotería o dulces bajo el sol en Sincelejo o Valledupar. En varias ciudades del Caribe, seis de cada diez trabajadores viven de la informalidad. Para ellos no es posible ganarse la vida en una oficina con aire acondicionado. El calor extremo significa vender menos, trabajar más despacio, agotarse más y aumentar los riesgos de deshidratación y golpes de calor; mientras disminuyen los ingresos para sostener a sus familias.

Pienso también en los niños de las zonas rurales y populares del Caribe. Aulas con poca ventilación, techos que concentran el calor y ventiladores que apenas logran mover el aire caliente. ¿Es posible que un estudiante se concentre y un profesor pueda enseñar en esas condiciones? ¿Se logran imaginar una clase de educación física a media mañana un día con 36°C y una humedad de 50 %?

Pienso en el campesino con sus labores de la tierra, el trabajador que mueve el ganado entre los potreros o el que pasa la jornada en un cultivo de palma, arroz o banano, pienso en los pescadores intentando rescatar algunos peces de las ciénagas que ya se están secando y recalentando. Pienso en quienes trabajan en la minería o la construcción, donde buena parte de las labores se realizan al aire libre; pienso en los trabajadores de las extractoras de aceite y otras industrias, todos deberán desarrollar sus actividades bajo temperaturas cada vez más extremas.

Claramente aumentará la demanda de energía. Más ventiladores, aires acondicionados y más consumo pondrán a prueba una infraestructura eléctrica que desde hace años opera con enormes dificultades. En muchos barrios del Caribe, los cortes “por mantenimiento” hacen parte de la rutina, los transformadores colapsan durante las olas de calor y las facturas de energía representan una carga difícil de asumir para miles de familias.

La mayoría de las subzonas hidrográficas del Caribe presentan alta vulnerabilidad al desabastecimiento hídrico. Con las proyecciones de este Niño la vulnerabilidad puede dispararse. En muchas ciudades del Caribe el uso doméstico real del agua depende de albercas, tanques elevados y motobombas que requieren energía eléctrica. Si falla la energía, también falla el acceso al agua. Así se cierra el círculo de la vulnerabilidad.

Pienso, finalmente, en el nuevo gobierno; tendrá una de sus primeras pruebas, que es especialmente simbólica ya que el presidente electo y muchos de sus ministros designados son del Caribe. Conocen el calor, la humedad y las dificultades cotidianas que no siempre se comprenden desde las ciudades andinas. El Niño nos seguirá mostrando este país tan desigual, aunque es el mismo fenómeno climático para todos, sus consecuencias dependen de dónde vivimos, en qué trabajamos y con qué infraestructura contamos. Adaptarse al cambio climático significa proteger la salud, el trabajo y la dignidad de quienes sostienen el cuidado de la sociedad, la producción de alimentos y la economía regional.

Conoce más
Ver todas las noticias
Read more!
Read more!
El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.