Hace unos días recibí en redes sociales el comentario de una joven científica que hoy realiza su doctorado. Cuestionaba con vehemencia algunas de mis posiciones públicas y la manera en que, según ella, quienes hemos ocupado algunos espacios de opinión somos unos liberales que desinformamos y llenamos los espacios con argumentos vacíos sobre la estabilidad fiscal para seguir con el petróleo y el gas, además de no ser aliados para complejizar el debate climático. Mientras la leía, lejos de sentirme atacada, tuve una sensación que no me esperaba, me vi reflejada en ella.
Quienes me conocen saben que también he sido esa investigadora convencida de que la evidencia científica, por sí sola, bastaría para transformar las decisiones, especialmente en temas de humedales. También pensé que quienes no actuaban frente a la pérdida de biodiversidad o al cambio climático simplemente no entendían la magnitud del problema. Con los años, la academia, el trabajo con comunidades, el paso por el gobierno y el diálogo con múltiples sectores me enseñaron una lección dura pero realista: la evidencia es indispensable, pero rara vez suficiente.
Entre un artículo científico y una política pública existe un territorio complejo, habitado por personas con historias, prioridades, miedos y responsabilidades muy distintas. Allí conviven la urgencia del hambre con la conservación de los ecosistemas; la necesidad de generar empleo con la protección del agua; la violencia que limita la presencia del Estado con los desafíos de gobernar algunos de los territorios más biodiversos del planeta. Comprender esa complejidad no significa renunciar a las convicciones científicas. Significa reconocer que las decisiones humanas nunca responden exclusivamente a los datos.
Después de unas elecciones tan polarizadas y con tanta violencia verbal, creo que esta reflexión tiene relevancia. Corremos el riesgo de seguir clasificándonos entre buenos y malos, entre quienes entienden y quienes no, entre quienes defienden la naturaleza y quienes parecen verla solo como una fuente de recursos. Pero difícilmente construiremos los cambios que necesitamos si reducimos al otro a un enemigo.
Muchas de las personas que hoy toman decisiones crecieron bajo un paradigma donde el desarrollo consistía en extraer, transformar y producir cada vez más. Hoy la ciencia nos propone otra visión: prosperar conservando la naturaleza de la que depende nuestra economía y bienestar. Ese tránsito no ocurre únicamente porque aparezcan nuevos estudios o mejores indicadores. Requiere transformar sistemas de valores, narrativas y formas de entender nuestra relación con la naturaleza.
Los científicos también tenemos desafíos en ese camino. Necesitamos seguir produciendo conocimiento riguroso, pero también aprender a escuchar mejor, a comprender las prioridades de otros y a construir puentes de confianza. Explicar un problema no siempre es suficiente para movilizar una decisión. Las transformaciones profundas ocurren cuando la evidencia logra dialogar con las realidades de las personas.
Durante los siguientes meses, El Niño volverá a recordarnos que la naturaleza no reconoce fronteras ideológicas. La disponibilidad de agua, los incendios forestales, las pérdidas agrícolas o los impactos sobre la salud no preguntarán por quién votamos. Nos exigirán cooperar, priorizar y tomar decisiones difíciles.
Tal vez uno de los aprendizajes más importantes de estos años sea que defender la ciencia no consiste únicamente en producir mejores datos, sino en hacer posible mejores conversaciones. El futuro no dependerá solo de cuánto conocimiento generemos, sino de nuestra capacidad para convertir ese conocimiento en confianza, en acuerdos entre diferentes y en acción colectiva.