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Valientes las mujeres que hoy tienen más herramientas y seguridad para llamar las cosas por su nombre e incomodar con la verdad de acciones y prácticas que ahora resultan inaceptables. Como lo mencionó Yolanda Ruíz en una de sus últimas columnas, antes ni siquiera teníamos cómo nombrar esa sensación de incomodidad, ni mecanismos para identificar lo que hoy sabemos es acoso y otras de las diversas formas de violencias basadas en género.
El reconocimiento de estas violencias no ocurrió de un día para otro. Es el resultado de un proceso largo, impulsado en gran medida por el feminismo, que ha permitido identificar, nombrar y problematizar lo que durante mucho tiempo se consideró “normal”. A ese primer momento de visibilización le ha seguido —y aún está en curso— un proceso de interiorización social, de ajustes institucionales y de construcción de marcos normativos. Sin embargo, hay una tercera capa, más profunda y más lenta: la transformación cultural. Y es ahí donde persisten los mayores desafíos.
Porque estas violencias no son anomalías del sistema: son parte de su estructura. El patriarcado no discrimina espacios públicos ni privados. Y es que lo hemos visto tan cercano, durante mucho tiempo: en una mano larga que acosa a la empleada doméstica, en la insistencia de esa entretención que para algunos son los “piropos” callejeros, en el “coqueteo” inapropiado de un hombre a las amigas de su pareja, en las escenas de violencia física que ha atravesado tantos hogares. Muchas veces miramos a otro lado, algunas veces lo enfrentamos. Lo más difícil de estas prácticas no es solo su existencia, sino su normalización. Hemos sido, en muchos sentidos, hijas —y nietas— del patriarcado, aprendimos a habitar estos espacios adaptándonos a sus reglas.
Lo que hoy ocurre en el periodismo debería interpelarnos en más sectores, es una invitación —incómoda pero necesaria— a que, en otros ámbitos profesionales, nos miremos al espejo. Pienso en varias amigas, colegas biólogas de diferentes universidades y recorridos profesionales, en sus relatos de acoso durante las salidas de campo, ya sea como estudiantes o en su ejercicio profesional. Hay contextos donde la vulnerabilidad es mayor y el poder de la autoridad juega a favor del acosador. Yo también lo viví, intentando abrirme un espacio para adelantar una investigación en un área protegida, tendría unos 22 años.
En los espacios académicos, científicos y de conservación también han operado durante mucho tiempo jerarquías, redes de poder cerradas y formas sutiles de exclusión que rara vez se nombran como violencia, pero que lo son. Interrupciones sistemáticas, deslegitimación de ideas, apropiación de contribuciones, silenciamientos en espacios de decisión o costos reputacionales por incomodar, hacen parte de un repertorio que muchas mujeres reconocen, aunque pocas veces se evidencia colectivamente. Afortunadamente, cada vez somos más las que vigilamos, cuestionamos y cuidamos a otras, mientras el pacto del silencio se termina de romper.
Hoy también somos hijas de otro proceso: el del feminismo, que sigue abriendo camino para nombrar lo que antes no se decía, para incomodar lo que antes se toleraba y para exigir transformaciones que ya no admiten aplazamientos indefinidos. La transformación no se agota en la indignación pública ni en acciones individuales. Requiere voluntad política, fortalecimiento institucional y una agenda decidida de transformación cultural y social que aún tomará un poco más de tiempo.
