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Es difícil escribir una columna sobre temas ambientales luego de los resultados de las elecciones para elegir presidente en la primera vuelta. Lo que vivimos es un reflejo de lo que está sucediendo a nivel mundial, una resistencia altísima de los que siempre han tenido privilegios a aceptar que el mundo está cambiando; una desaparición progresiva de la incidencia de posturas políticas moderadas y un progresismo que, a pesar de representar promesas de renovación, ha enfrentado muchas dificultades para convertir sus discursos en resultados consistentes, ha mostrado muchas incoherencias en su primera vez gobernando a nivel nacional, y ha recogido una estela de gobiernos regionales con señales que han erosionado su credibilidad.
Y estamos aquí, como hace cuatro años, como hace ocho años, como desde el plebiscito; con un país profundamente dividido y, si me lo permiten, con una sensación de esperanza disminuida en comparación con otras épocas recientes.
Vemos colapsar partidos políticos, aunque no a los politiqueros que se acomodan; vemos colapsar las maquinarias tradicionales, pero emergen nuevas versiones del clientelismo; vimos colapsar los debates por la inasistencia de quienes lideraban las encuestas. Estos colapsos parecen ser una respuesta adaptativa frente a la insuficiencia de las formas tradicionales de hacer política electoral y uno de los candidatos lo leyó mejor que los demás.
La pregunta es si alguno de los candidatos que pasan a la segunda vuelta tiene intención de construir puentes de gobernabilidad con otros sectores. Para uno de ellos pareciera que no le hace falta, ya recogió los votos que podía adherir. Sin embargo, para el otro, cuya trayectoria ha estado marcada por las negociaciones para lograr la paz, parece que le llegó el momento de demostrar sus capacidades para poder lograr acuerdos programáticos, tener una victoria y gobernabilidad.
En algunas columnas anteriores he advertido que el próximo presidente será recibido por un fenómeno de El Niño que podría no tener precedentes, sin embargo, ninguno de los candidatos se ha pronunciado al respecto. Los incendios forestales no distinguen entre vecinos de izquierda o derecha. Las sequías no preguntan por filiación política. El agua que falta en una ciudad, las pérdidas de los agricultores o los impactos sobre la salud pública terminan afectándonos a todos, aunque no de la misma manera. Aunque seamos una sociedad políticamente fragmentada, los efectos del Niño y de la acelerada crisis climática los sufriremos todos, eso sí de maneras diferentes. Ante la crisis climática algunos con mayor capacidad económica podrán disminuir algunos efectos, pero todos estaremos del mismo lado de la incertidumbre.
Pero el clima solo es uno de esos temas que van mostrando las características de esta época. Les está costando mucho a los líderes políticos proponer un futuro esperanzador en medio de la incertidumbre. Seguimos con el retrovisor viendo los dolores, las nostalgias, las pérdidas, para administrar la indignación del presente. Las redes sociales premian la indignación inmediata y la superficialidad, cuando necesitamos más y mejores argumentos para diseñar el futuro.
La elección presidencial definirá quién gobernará Colombia durante los próximos cuatro años, años en que la humanidad entrará en un clima inexplorado. Este nuevo clima seguirá retando el bienestar humano y la producción económica, mientras nosotros seguimos divididos. ¿Será que después de este Niño que llega, tendremos la capacidad como sociedad de ver los retos climáticos y acercarnos a construir soluciones de una manera menos polarizada?
