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Utopías para el primate que habitamos

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Sandra Vilardy
06 de mayo de 2026 - 05:05 a. m.
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Estamos viviendo tiempos con muchas contradicciones que nos hacen pensar cuántas somos capaces de sostener sin colapsar. Hemos logrado avances tecnológicos increíbles y, simultáneamente, presenciamos genocidios que se prolongan durante años. Sabemos que las emisiones de gases de efecto invernadero nos están llevando a un precipicio, sin embargo, parece utópica la conversación para delinear una ruta que nos permita superar los combustibles fósiles. Nos debatimos entre el sacrificio de hipopótamos en beneficio de los ecosistemas y la posibilidad de darles un trato ético; la minería de oro está en manos criminales, enriqueciendo a las mafias, mientras esclaviza personas, destruye ríos y territorios frente a un Estado casi paralizado.

Estamos atorados entre las promesas y aspiraciones de un modelo económico que ofrecía más para todos y la evidencia de sus sombras: el verdadero costo de la acaparación, las inequidades y el debilitamiento de lo público.

En clase le digo a mis estudiantes que nos tocó la lotería histórica de vivir este cambio de época, una más en la historia de la humanidad. Imagino que la sensación que tenemos hoy puede ser similar a la que tenían los habitantes de comienzos del siglo pasado, cuando en pocas décadas vivieron cambios tan abruptos como la caída de los Zares en Rusia o del modelo imperial en China y la Primera Guerra Mundial. También vieron surgir la segunda revolución industrial, impulsada por la electricidad y el acero; la transformación del transporte con el automóvil y la aviación; la consolidación del fenómeno urbano y de un sistema económico dominado por una burguesía industrial y financiera.

La historia de este último siglo nos hizo creer peligrosamente que podíamos romper los límites que nos ataban al funcionamiento de la naturaleza. Reemplazamos la energía de la leña y el carbón por la aceleración creativa que nos dio el petróleo y el gas; pudimos sustituir materiales de la naturaleza por plásticos y complejizamos nuestras interacciones gracias al tiempo ganado, la comodidad y la capacidad de innovación.

Confiamos demasiado en ese nuevo ser humano racional, sobre el que construimos expectativas altruistas, humanistas, de desarrollo y evolución tecnológica, que nos llevaron a pensar una modernidad desconectados del primate que habitamos, desconectados de la dependencia que tenemos del funcionamiento de la naturaleza, desconectados de los límites de funcionamiento que permitieron que la especie humana prosperara en los últimos diez mil años, desconectados de los cuidados que necesitamos.

El problema es que esta modernidad construyó un mundo que le exige demasiado a la racionalidad y niega el animal que seguimos siendo. El sesgo de racionalidad nos ha llevado a la hiperproductividad y la fatiga cognitiva; a la invalidación, negación y racionalización emocional; a diseñar entornos laborales y sociales incompatibles con nuestros impulsos y ritmos biológicos; a desconectarnos del cuerpo y de la materialidad de la naturaleza. El filósofo Byung-Chul Han ha explorado y escrito ampliamente sobre esto en la última década.

Somos primates con un cerebro que no evoluciona al ritmo de nuestras tecnologías y aspiraciones económicas. Nuestro cerebro reptiliano y límbico (mucho más antiguos evolutivamente) mantienen y protegen nuestra vida; la corteza prefrontal, más reciente, nos permite pensar, autocontrolarnos y tomar decisiones complejas. En medio de tantas incertidumbres, reconozcamos el primate que habitamos con sus contradicciones y posibilidades. Rescatemos los principios evolutivos del cuidado para diseñar una nueva etapa de la humanidad.

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