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Allende, “in memoriam”

Santiago Gamboa

15 de septiembre de 2023 - 09:05 p. m.

La conmemoración de los 50 años del golpe de Pinochet en Chile, del suicidio del presidente Allende y de la muerte del poeta Pablo Neruda, esta última el 23 de septiembre, muestra hasta qué punto la historia corre cada vez a mayor velocidad y cómo eventos trágicos relativamente cercanos son reinterpretados a la luz de un extraño presente. Me llama la atención el modo en que, hoy, en Colombia, tantos jóvenes no saben nada de lo que pasó en Chile y, por supuesto, de quién fue Allende, y muchos se apresuran a decir que fue “un dictador”, aliado del “genocida Fidel Castro”. ¿En qué momento esas interpretaciones del pasado se normalizaron? He leído y oído reacciones asombrosas en las que se mezcla la ignorancia con el odio y el desafuero. “No dio la batalla y optó por pegarse un tiro”, llegué a leer sobre Allende en las redes sociales, las cuales son cada vez más, desde el punto de vista sociológico, un termómetro para medir el nivel de degradación e idiotez de algunos congéneres.

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Para mi generación, los nacidos a mediados de los 60, el golpe de Pinochet y su represión bárbara, lo mismo que el supremo gesto de dignidad de Allende, eran cosas que nadie ponía en duda. La persecución, la ejecución con tiro en la nuca y las torturas del ejército a miembros de grupos de izquierda, a jóvenes estudiantes, a intelectuales y a cualquiera que vagamente oliera a progresismo en Chile eran conocidas y repudiadas. Supimos que el estadio de Santiago se convirtió en campo de torturas y ejecuciones, y cómo Víctor Jara, por ejemplo, fue primero torturado —le cortaron las manos— y finalmente ejecutado por los soldados, lo mismo que centenares y quizá miles de chilenos. Conocimos las historias heroicas de quienes lograron salvarse entrando en embajadas que les dieron asilo, o de otros que fueron apresados y juzgados, llevados a cárceles de donde, milagrosamente, salieron vivos. Mi amigo el escritor Luis Sepúlveda fue uno de esos presos que sobrevivieron gracias a la acción internacional de activistas de derechos humanos. Su esposa, Carmen Yáñez, poeta, fue torturada en el centro de detención de Villa Grimaldi, pero sobrevivió, como también lo hizo el escritor Ariel Dorfman, que era de la guardia privada de Allende pero que justo ese día había cambiado con un compañero para visitar a su madre en otra ciudad. Incluso Roberto Bolaño, un joven poeta de 20 años, fue detenido y llevado al estadio porque su indumentaria y su modo de hablar les parecían extraños a los soldados —venía de vivir en México— en ese Chile en blanco y negro.

Hay, tal vez, una explicación para Colombia. Quienes odian a Petro, quienes destruyen y se oponen a todo lo que su Gobierno propone, bombardean día y noche a la gente con esos argumentos: la izquierda es asesina, la izquierda es corrupta, la izquierda es genocida, la izquierda es ladrona y lleva a la pobreza, y lo ilustran con ejemplos de Cuba, de la Venezuela de Maduro o la Nicaragua de Ortega. Y todo cuadra. Hoy compruebo que de tanto repetirlo han logrado calar en la mente de los más ignorantes y que el desinterés por difundir la Historia es también una estrategia política, pues va de la mano con esas versiones rápidas y mentirosas destinadas a predisponer a esos pobres cerebros a la violencia.

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