Es difícil explicarle a ese contable que todos llevamos dentro por qué uno paga por un pasaje de Avianca de Cali a Bogotá, ida y vuelta, 550.000 pesos en la categoría XS, esa en la que uno a duras penas puede llevar un suéter y una chaqueta, cuando en Iberia un pasaje de Madrid a París, ida y vuelta, vale los mismos 550.000 pesos, pero el tiempo de vuelo de Madrid a París es de dos horas y el de Cali a Bogotá 35 minutos. ¿Por qué los colombianos que aún usamos Avianca debemos pagar más que los europeos por el transporte aéreo? Los aviones no son mejores. Sé que en Colombia hay aerolíneas de bajo costo, pero algo en la sicología patria lo sigue llevando a uno hacia la aerolínea de toda la vida. Aunque la paciencia, como todo lo humano, tiene su límite. Y es que he notado que Avianca va de agache hacia una modalidad novedosa en los aerotransportes: ser una compañía low cost, pero con precios de compañía de lujo. Interesante e innovador concepto. Lo de los vuelos internacionales clama al cielo. Las tarifas de Avianca son más caras que las de Air France o Lufthansa o Iberia. Y con asombrosas sorpresas. Los pasajeros que compran en clase ejecutiva a Madrid, por ejemplo, se encuentran a su regreso con la desconcertante noticia de que no pueden entrar a la sala VIP del aeropuerto de Barajas, como todas las demás aerolíneas en clase ejecutiva, ¡porque Avianca dejó de pagarle a la sala! Pero hay más: esos mismos pasajeros ejecutivos se encontrarán durante el vuelo con un desabrido plato envuelto en plásticos (¿pasta o pollo?). Luego, por fuera del horario de la comida y para hacer más llevadero el largo viaje, en vano buscarán un mesón con snacks, galletas o bebidas como en las demás aerolíneas, sino que tendrán que pedirlo a las azafatas, eso sí interrumpiendo su interesantísima charla en la parte delantera; por supuesto que ellas le servirán algo a uno, pero abriendo con gesto de desagrado una docena de compartimientos metálicos y con cara de “¡este y ni uno más!”. Por no dar nada, ¡Avianca suprimió incluso las achiras!
El rechazo a la aerolínea se ve en las infinitas quejas y por el modo en que se aprovechan de los derrumbes para subir el precio a algunos trayectos (Villavicencio, Pasto). Uno llega al aeropuerto y ve una fila tan larga que dan ganas de devolverse a la casa. ¿Qué sucede? De seis counters sólo funcionan dos. La gente se cuela, aparece el lado oscuro de la idiosincrasia nacional, ¿y alguien hace algo? Nadie de la aerolínea pone orden. Hagan el ejercicio en cualquier cena familiar o de amigos. Cuando la reunión decae cuenten el desastre de su último viaje con Avianca y verán cómo, a partir de ahí, el ánimo se enciende y todos se disputarán la palabra para contar el propio incidente, cada vez más truculento. De ahí el clamor prerevolucionario cuando Duque consideró darle unos cuántos millones de dólares por la pandemia, ¡de nuestra plata!
Debo confesar que sigo usando Avianca por el vuelo directo de Cali a Madrid y porque, mal que bien, el programa de millas era eficaz y permitía ascensos, algo que va a cambiar a partir de este primero de febrero, lo que hará que la aerolínea pierda, ahora sí y me temo que para siempre, su único atractivo, y uno a su vez perderá lo que le queda de paciencia.