De estar vivo, Roberto Bolaño habría cumplido 70 años. Y ya hace 20 que murió. Fue extraña su vida: a pesar de haber escrito tanto, publicó tarde, hacia 1993. La pista de hielo y luego La literatura nazi en América. Ahí se abrió su bolso y empezaron a salir varias novelas breves y libros de cuentos escritos mucho antes: Estrella distante, Monsieur Pain, Llamadas telefónicas, la extraña Amberes. Luego la apoteosis con Los detectives salvajes, de 1998, y lo que siguió, con la prodigiosa Nocturno de Chile. Recuerdo una charla de escritores en una cena en Sevilla. Bolaño se interesó por el número de páginas que cada uno había publicado. Él dijo 1.500, pero aclaró que había escrito 3.000. En su mente sumaba, claro, 2666 y alguna otra cosa más. Murió en 2003, lo que quiere decir que vivió la publicación de sus libros sólo durante 10 años. Poco tiempo, muy poco.
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Todo lo demás fue póstumo y además está su poesía. Bolaño solía decir con gracia: “Yo como poeta soy más bien de los malos”. Entre otras cosas, recordaba que los escritores chilenos empezaban como poetas. Hace poco, en un almuerzo entrañable, Piedad Bonnett mencionó el poema Los perros románticos y lo leyó en voz alta pues le había sugerido una idea, y nos pareció que ese poema contenía los grandes temas de la obra de Bolaño, que en el fondo son los grandes temas de cualquier literatura. ¿Qué hay en ese mundo? Está la juventud, los sueños, la poesía. Habla también de la crueldad y las atrocidades. Bolaño encontró belleza en cosas duras, en sentimientos contradictorios, en la mentira y la vergüenza, y celebró la nobleza, la dignidad. Hizo un retrato descarnado de la soledad del hombre y su absoluta indefensión. Tocó temas cruciales: la propia literatura, la muerte, el miedo, México, el tiempo, los vanos anhelos. Todo en nuestras presuntuosas sociedades de hoy, desde la experiencia de latinoamericanos desterrados, jóvenes que caminaron hacia la muerte con la cabeza hirviendo de sueños y que caminaron engañados. Bolaño hizo la literatura de esa gran derrota, en medio del espanto y el caos de las urbes alocadas de América Latina, ciudades desesperadas y nerviosas por las que van y vienen sus personajes imaginando un poema, con un libro debajo del brazo, preguntándose por qué nacieron en esta época y no en otra.
“He sido cordialmente invitado a formar parte del realismo visceral. Por supuesto, he aceptado. No hubo ceremonia de iniciación. Mejor así”. Es el comienzo de Los detectives salvajes, última gran novela del siglo XX en español, y todavía tenía reservada 2666, sobre la presencia del mal en el mundo y la literatura como única forma de comprenderlo y, tal vez, de exorcizarlo en un corral de palabras. Sus libros me siguen pareciendo el canto de una generación de jóvenes que se sacrificó por la poesía y por una serie de ideales que los llevó a la muerte o a la locura. Como dice en Amuleto: esos muchachos que dieron su vida por la poesía, que salieron a dar la lucha aun a sabiendas de que la batalla estaba perdida. Una generación de poetas heridos o resquebrajados que nunca dejó de resistir y que tuvo en México su gran centro chamánico, su gruta sagrada, el eje del mundo. Por eso sus vidas y sus versos nos muestran el peso de México y los jóvenes salvajes en el corazón de la poesía.