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La tradición española, que también es la nuestra, contiene la figura del esperpento, esa imagen deformada en los espejos de la que habla Valle-Inclán. Auspiciado por lo que podría llamar una “teoría del esperpento”, me permito proponerle al Centro Democrático que no le dé más vueltas y defina de una vez a su candidato para las elecciones del 2022: ni Tomasito Uribe ni el ojeroso de ojera oscura Óscar Iván, sino la luminosa senadora María Fernanda Cabal. Honestamente, creo que sería una jugadita maestra. Sólo ella, con su desparpajo y su vasta cultura geopolítica universal, podría convencer de una vez por todas al mundo de que Colombia es una gran escuela militar de ciudadanos obedientes y sumisos a la ley, dedicados a trabajar en silencio para el bienestar de las clases altas y los terratenientes, que son los que generan puestos de trabajo y a los cuales el Estado debe retribuir con contratos y auxilios.
El destacado papel que ha cumplido la Cabal en estas semanas de paro y protestas es una prueba de su gran capacidad de análisis y enorme ascendente en el ámbito mundial. Gracias a ella, las organizaciones internacionales de derechos humanos en Washington comprendieron por fin que lo que pasa en Colombia no es una protesta social sino un acto de terrorismo planeado, ejecutado y financiado por el expresidente y premio nobel de la Paz Juan Manuel Santos. Y menos mal que lo dijo a tiempo para que la CIDH tuviera en cuenta su persuasivo análisis en un momento en que reinaba cierta confusión, pues en simultánea Pastrana estaba diciendo que el culpable de todo era Maduro en llave con el comunismo internacional; Uribe, que era una expresión molecular disipada de la izquierda conspiradora, y el subpresidente Duque, in english, que el cerebro maléfico era Gustavo Petro, corroborado gráficamente y en spanish por la revista Semana. La verdad es que estas acusaciones, disparando hacia todas partes, podrían prestarse a confusiones. Pero llegó la Cabal y mandó a parar, y ahora sí el mundo entendió qué es lo que pasa en el país y cómo los estudiantes y jóvenes que protestan son en realidad muyahidines despiadados a quienes la población civil —los buenos que por fortuna son más— debe salir a reducir a tiros con sus armas privadas, escoltados por la Policía Nacional.
Con Cabal en la Presidencia estas cosas no pasarían, pues su primer acto de gobierno sería detener y fusilar en la Plaza de Bolívar al expresidente Santos y a los líderes de la oposición por terrorismo, y hecho eso pasaría a su anhelado proyecto: la invasión militar a Venezuela para derrocar a Maduro, que tiene las horas y los años contados, y así detener la peligrosa influencia de la Unión Soviética en la ONU y América Latina que tantas veces ha denunciado. Si en el 2020 el gobierno de Duque gastó 9.000 millones de dólares en armas, ella lo subirá al doble con la ayuda de su marido, que cobrará por la gestión un justificadísimo 5 %, como hace en Fedegán. “Cabal presidenta”, eso es lo que necesita la Colombia del siglo XXI, con un buen vice que podría ser José Obdulio, un ministro de Defensa que por méritos debe ser Salvatore Mancuso y, para que haya equilibrio, un fiscal como Jorge 40. Sólo así podremos recuperar la senda perdida de la Seguridad Democrática.
