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Inicio de año, vacaciones, isla de Providencia. La verdad es que, independientemente del ya denunciado y consabido escándalo ligado a la reconstrucción tras el paso del huracán Iota (casas a $600 millones), debo decir que la isla está bien, cicatrizando de sus muchas heridas y mirando hacia el porvenir. Santa Isabel, isla Catalina, las playas de Agua Dulce, Suroeste y Manzanillo, entre otras, vuelven a recibir turistas. Me dicen que de 1.200 residencias destruidas se reconstruyeron 1.800. Curiosa multiplicación de la que salieron ganando los isleños, al menos por una vez. La recuperación de los daños a la naturaleza será más lenta. Los manglares tardarán décadas, a pesar de que ya se ven algunos retoños. La plataforma coralina, visible al sumergirse a pocos metros, quedó destruida. Donde antes había suntuosos jardines submarinos hoy sólo se ven peces pequeños, arena y piedra. Para ver el tradicional esplendor del coral hay que bajar a más profundidad, y a mí me lo cuentan. El buceo me da claustrofobia.
También me cuentan la difícil convivencia entre los locales y las cuadrillas de trabajadores venidos del interior, algo inevitable. En la isla viven unos 5.000 habitantes y son celosos de sus costumbres. Hay que decir que los que vinieron sufrieron alucinantes privaciones, al punto de parecer condenados a trabajos forzados. Los concentraron en carpas insalubres, por lo general sin agua. A algunos los engañaron y no les pagaron. Muchos residentes están agradecidos con ellos. Hubo mucha corrupción local, claro, aunque los isleños recibieron bastantes cosas: neveras, estufas, paneles solares, mercados. Cada uno cuenta una historia, pero las más asombrosas son las del momento mismo del huracán. ¿Cómo te protegiste? Las habitaciones en cemento fueron la solución. Hubo quien pasó ocho horas en un receptáculo de poco más de un metro. Una mujer se salvó, pero quedó sorda por el ruido de las embestidas del mar y los golpes de los árboles y fragmentos de casa que volaban por los aires y chocaban contra el suelo. En Suroeste la iglesia católica recibió a todos los vecinos en una especie de búnker y estando adentro se cayó el techo de la nave central. Pudo haber sido una tragedia si se hubieran refugiado en esa parte de la iglesia. Las imágenes del “día después” son escalofriantes: el verde de la vegetación desapareció por completo y la isla quedó de un color gris y arena. Sobre la orilla aparecieron pulpos, estrellas marinas, corales, peces nunca vistos, cangrejos gigantes. Algunos muertos, otros agonizantes. “El huracán nos dijo algo, nos enseñó algo”, dice una amiga hablando de la relación con el ambiente y el cambio climático.
Hoy el perfil de los pueblos, desde el mar, es de nuevo muy bello. Hay pocas estructuras destruidas y la remoción de escombros fue tan efectiva que se llevó algo de la basura que llevaba años acumulada en caminos y calles de la isla: neveras mohosas que albergan lagartijas, ventiladores rotos, carros sin ruedas de latas oxidadas y cojinería carcomida, en fin, ese decorado al que estábamos acostumbrados en los callejones. ¿Y ahora? Esperar que el turismo se renueve. Ya Satena tiene una línea desde San Andrés y el transporte es más fácil. Vale la pena venir.
