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El presidente molecular disipado

Santiago Gamboa

14 de mayo de 2021 - 10:00 p. m.

Después de una noche intranquila, el presidente Iván Duque despertó convertido en un horrible insecto. Intentó levantarse, pero no encontró fuerzas. Había soñado que estaba en Cali, de ahí el sudor, pero al abrir los ojos reconoció las cortinas de Palacio, el baldaquino encima de la cama y los cojines con el escudo de la nación y el lema “Libertad y orden” que tantas veces quiso cambiar por su famosa frase “¿De qué me hablas, viejo?”. Todavía era de noche. Su despertador, puesto a las 5:30 a. m. con la melodía Colombia, tierra querida, tardaría en sonar. Sintió hambre. Faltaban 40 minutos para que el edecán de la guardia presidencial le trajera el Milo caliente y las donuts de arequipe y “tres leches” con las que, cada día, se iba a leer el hilo de noticias de la Presidencia. Más tarde, hacia las 7 a. m. y ya con su esposa, bajaba al comedor a tomar un desayuno de fundamento con jugo verde para quemar grasas, dos huevos pericos, café con leche, tostadas y croissants con mantequilla y nutella.

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Entonces se asomó al balcón y vio las luces aún encendidas de la capital. Imaginó esos hogares disfuncionales empobrecidos por las sucesivas reformas, los estudiantes deudores de Icetex, los desempleados de la economía informal confinada, y lanzó en voz baja una pregunta que no supo si iba dirigida al porvenir o a él mismo: “¿Será verdad que toda esa gente allá afuera me odia?”. Pensó que sí y se sintió disperso, con su núcleo atómico lejano. ¿Qué debo hacer? Estaba agotado. Ya la senadora Cabal, alias Carla Castaña, se apropió la vocería del paramilitarismo urbano. Y monseñor Monsalve la del nuevo progresismo. ¿Qué le quedaba? Nada. Entonces abrió el Twitter y escribió: “No puedo ocultarlo más. Soy un presidente molecular disipado”.

Se arrastró hasta su escritorio. Ahí estaba la copia subrayada del programa presidencial Petro 2018 que tantas veces lo había sacado de problemas e intentó encontrar algo para corregir su imagen, esa terrible caparazón de insecto con la que se había levantado. “Lo del aguacate ya lo usamos”, se dijo, cuando su celular se encendió y vio la imagen de Álvaro Uribe. Contestó de inmediato: “A sus órdenes, jefe”. “¿Lo desperté?”, dijo Uribe. “No”, contestó Duque, “me estaba peinando”. “Hágame el favor de borrar ese trino molecular, porque la gente va a decir que es culpa mía y ya me tienen mamado con lo del neonazi chileno”. Duque pensó, melancólico: “Así me sentí hoy, bajo de moléculas, y ya no me querí”, pero no lo dijo. Uribe siguió hablando. Duque empezó a cabecear y se quedó otra vez dormido, pero cuando despertó la voz de Uribe todavía estaba ahí. Ahora le hablaba de la gratuidad en la universidad y lo oyó decir: “Eso está en el programa de Petro, en la página 76. Nos va a tocar darles algo porque esa gente está muy brava”. “Sí, jefe”, dijo Duque, “pero ahora estoy cansado. Anoche soñé que volvía a Cali”. Uribe continuó, insistente: “Hay que bajarle, mijo. Hay que hacer concesiones para poder seguir en el poder, acuérdese de mis enseñanzas”. “Nunca las olvido”, dijo Duque, pero Uribe ya había colgado. Y en efecto, muchas horas después, frente al comité del levantamiento, el presidente Iván Duque había de recordar esa remota mañana en que Álvaro Uribe lo llevó a conocer el deshielo.

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