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Después de haber pasado 45 años leyendo he llegado a una conclusión de una simpleza arrolladora: me gustan los buenos libros. Y si son muy buenos, aún más. Esto no excluye libros menores que puedan interesar, claro que sí, de acuerdo al tema o al día de la semana. Pensaría incluso que hay libros malos que no están nada mal. Bolaño decía que, con frecuencia, los libros malos tenían muy buenas historias. Hay malos libros buenos y buenos muy malos, lo mismo que hay grandes escritores malos e incluso grandísimos escritores malos. No es contradictorio. El mundo no es tan obtuso y vive de los matices. La prueba es que hay dolores placenteros y amarguras dulces y uribistas mamertos. En fin, si sigo elucubrando no voy a entrar nunca en materia, pues hoy, cuando todo el mundo estará pensando en las elecciones y los trenes subterráneos, con una ley seca que es incómoda incluso para mí, abstemio por miedo, el verdadero tema de esta columna es un gran libro. Uno de los buenos buenos. De los buenos en serio.
Se llama ¿Qué pasó con Seki Sano?, de Sandro Romero Rey. De Sandro, diré aquí, pues cuando uno se llama Sandro gana el derecho a que lo llamen por el nombre de pila, como Belisario o Plinio, una canonjía con la que sueñan los juanes y jorges y santiagos. El libro de Sandro habla de los tres meses en que un mítico director de teatro japonés, el profesor Seki Sano, estuvo en Bogotá, de septiembre a diciembre de 1955, invitado por el Gobierno de Rojas Pinilla para formar actores que trabajaran en la naciente televisión colombiana, y del modo en que fue expulsado al saberse que era comunista. Una injusticia, pero en ese paso fugaz Seki Sano sentó las bases de lo que sería el teatro moderno en Colombia y su unión definitiva con la izquierda política, dejando como discípulos a Santiago García y a Fausto Cabrera, trayendo para siempre a las tablas del país las teorías de Stanislavski, Lee Strasberg y la experiencia de un director como Vsévolod Meyerhold, el de la biomecánica teatral. Sandro, emparentado con el teatro desde hace dos generaciones, indaga qué fue lo que pasó con Seki Sano, quién lo denunció, si en verdad fue su tío Bernardo Romero Lozano, como vio escrito por ahí. Lo apasionante del libro es la recreación de ese mundo en los años 60 y 70, el Teatro La Candelaria, el TPB, el Libre, el TEC de Cali, y un desfile de personajes entrañables, como Vicky Hernández, Andrés Caicedo, Mallarino padre, Carlos José Reyes, Enrique Buenaventura, Fanny Mikey, y de obras que me formaron, como Guadalupe, años sin cuenta, de La Candelaria, y los equivalentes del Libre, La balada del café triste, y del TPB, con I took Panama. Una historia que es también la de nuestra generación, es decir, de nuestra propia vida, pero desde el teatro, un libro que, para Sandro, es sobre todo una “novela sin ficción” que narra la historia del siglo XX desde un entrañable personaje que parte de Tokio a la Unión Soviética, va a Alemania y a Francia, luego a Estados Unidos y finalmente se instala en México. Su visita a Bogotá y la historia heroica de esos años, narrada con el humor y la precisión que ya Sandro ha mostrado en otros libros, permiten comprender de dónde venimos y cómo se formó uno de los corazones de la vida intelectual de este país.
