Vuelven a bajar las cifras de contagios en Colombia mientras que en Europa (escribo desde Italia), muy lentamente, suben. Un carrusel emocional y estadístico que nos ha tenido en vilo desde el inicio de la pandemia. El sube y baja, una y otra vez, de acuerdo a la región del mundo. Veo en los noticieros italianos que el COVID-19 es el primer tema de debate político: qué harán unos, qué opinan otros, qué denuncian los de más allá. Lo que los tiene ocupados es el famoso pasaporte de vacunación, el Green Pass. Que si se debe pedir a la entrada de los restaurantes y cafeterías, que si no. Que sólo para los viajes, para subirse a vuelos internacionales o nacionales. Que es un modo de restringir las libertades individuales, que es necesario para proteger a la sociedad. Pin, pan. Porque acá en Europa están los no vax, esas personas que, en una especie de objeción de conciencia, no se vacunan porque se sienten manipulados o por ser negacionistas del COVID-19 o por lo que sea, entonces hay que respetar su decisión. En estos temas, la diferencia entre países ricos y emergentes o pobres es brutal. En los países donde la vacuna escasea (como fue Colombia hasta hace poco), la gente hizo malabares para obtenerla y era un privilegio y una gran suerte estar vacunado. En Bogotá, cuna del arribismo nacional, llegó incluso a establecerse que la Pfizer era el Mercedes-Benz y la SinoVac, más o menos, un Renault 4 chocado; ni se diga si la Pfizer fue puesta en Miami: un Porsche. Porque todo lo que es escaso se vuelve medida de riqueza y privilegios para mostrar, para tirarles a la cara a los demás.
En los países ricos, que en cambio nadan en vacunas porque las compraron todas desde el primer día, mucha gente desconfía y no le da valor a tenerla o encuentra argumentos para volver megacomplejo un debate que es más bien sencillo. Niños ricos como Miguel Bosé inventan escenarios pueriles, distópicos, y por increíble que parezca encuentran su público, gente que les cree. Niegan el COVID-19 y probablemente también la malaria o el mal tiempo, y lo dicen muy serios, sobre el escenario, corriendo en caballitos de madera y alzando sus espadas de plástico. Como solía decir el capitán Haddock, el de Tintín: “Es a la vez muy simple y muy complicado”. Sí. Los contagios suben y bajan por la variante Delta, pero la vacunación hace que cada vez menos gente muera. Esto es un hecho innegable, no una opinión. La directora de AstraZeneca, la profesora inglesa Sarah Gilbert, le dijo a El País de España algo importante: la Delta no es más peligrosa que el COVID-19 inicial. No es un nuevo Godzilla recargado y dispuesto a vengarse, sino una versión similar al clásico, sólo que diferente y muy contagioso, pero no más letal. Según esta sabia profesora, es la misma inteligencia de este increíble virus la que lo llevará a manejarse con cuidado y ser prudente: “Al propio virus no le interesa ser letal. No obtiene ninguna ventaja si los infectados sufren patologías más serias. Cuanto más enfermos graves haya, más se aislarán del resto de personas y dejarán de transmitirlo. Está en su interés aumentar su transmisibilidad y provocar efectos más suaves. La lógica nos lleva a esperar nuevos virus muy contagiosos, pero que cada vez provoquen una enfermedad menos grave”.