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En la selva con Íngrid

Santiago Gamboa

22 de octubre de 2010 - 09:56 p. m.

ACABO DE TERMINAR, EN APENAS tres días, No hay silencio que no termine, un libro que, a la velocidad y con la fuerza de un huracán, me impidió hacer cualquier otra actividad distinta a leerlo y leerlo, obsesivamente, hasta completar las setecientas páginas que tiene y quedar al final mirando el vacío, impresionado, conmovido, triste, eufórico.

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Suerte que me llegó en fin de semana. Más que una lectura, el libro me sumergió de un modo brutal en la experiencia del secuestro, y ahora todo eso está en mi memoria; casi podría decir, en mi biografía. No sólo en mi biblioteca. Pasa con los buenos libros: nos multiplican, nos enriquecen con vidas ajenas, nos dan la experiencia del dolor sin tener que vivirlo en carne propia. La literatura es generosa: nos transmite lo mejor de algo que por lo general es duro, pero sin sufrir las consecuencias.

Cuando alguien me preguntó qué había estado haciendo, pude haber dicho: “El fin de semana estuve seis años secuestrado”. El libro se construye sobre una mezcla muy densa de argumento, tensión narrativa, descripciones, reflexión y diálogos. El argumento todo el mundo lo conoce. Se sabe que no va a tener éxito en ninguno de los intentos de fuga, pero la narración es tan fuerte que uno lo cree posible mientras ocurre y se desmoraliza cuando es capturada. Los personajes que no son conocidos, como los guerrilleros, están tan bien descritos y sus diálogos son tan acertados que parecen —que son— de carne y hueso. La descripción de los caños infestados de alimañas y el resplandor de los ojos de los caimanes es tenebrosa, lo mismo que el frío, los jejenes, las caminatas en medio de la lluvia, el hambre. Y por supuesto las reflexiones en torno a la maldad y la mezquindad humana. O su contrario: la solidaridad de algunos, la figura entrañable de Luis Eladio, de quien uno quisiera ser amigo; la alegría por la fuga de Pinchao. El rescate final, que tantas veces vi por televisión, nunca me conmovió tanto como en este libro. Es la fuerza de la literatura de no-ficción, donde el autor es a la vez narrador y protagonista. Pero no basta con haber sufrido: es imperioso saber contarlo, usar las palabras justas. Sólo así la experiencia individual del sufrimiento se transforma en estética, y entonces se opera el milagro: lo que en la vida es atroz, el arte lo transforma en bello. Hay belleza en lo profundamente humano. En lo humano esencial. Como en los libros de Solschenitzin o Eugenia Ginzburg sobre el Gulag.

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Si fuera director de un colegio o tuviera influencia sobre el pénsum académico en los programas de estudio, sugeriría de inmediato un curso sobre Historia reciente del país a través de su gran literatura de no-ficción. Ahí debe estar el libro de Íngrid, por supuesto, al lado de El olvido que seremos, de Abad Faciolince; de El Bogotazo, de Arturo Alape; de Los años del tropel, de Alfredo Molano; de Noticia de un secuestro, de García Márquez; de Mi alma se la dejo al diablo, de Castro Caycedo. Tal vez olvide alguno, pero lo cierto es que estos libros, con la fuerza de la buena literatura, nos hacen pensar e incorporar la Historia que aún no está en los libros de Historia. Nos permiten experimentar a salvo el rostro más duro del país. Y tal vez comprenderlo.

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