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Escribir y no escribir

Santiago Gamboa

12 de mayo de 2023 - 09:05 p. m.

¿Cómo es un libro que aún no ha sido escrito? Es una obra que no encuentra su forma y sólo está en la mente y la imaginación de alguien que deambula por el mundo. Podríamos decir que es un mero capricho, pero no. Existe. La humanidad está habituada a creer en cosas que no tienen forma. El 80 % de la población cree y ama a dioses que nunca ha visto.

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En mi caso, el sueño de escribir, ese deseo adolescente, estuvo relacionado con largos paseos nocturnos por una ciudad, Bogotá, y obsesivas charlas con un amigo que también se hizo escritor: Mario Mendoza. Era el principio de los años 80. Salíamos de la Javeriana y caminábamos por la desolada carrera séptima hacia el norte hablando de libros. Mario, de poetas, por lo general de Baudelaire; yo, de Lawrence Durrell y su Cuarteto de Alejandría. Lloviznaba, hacía frío, pero nosotros hablábamos y hablábamos. De algún modo, hablaban nuestros libros aún no escritos.

Escribir es también comprender lo que no está en la vida, lo que no se puede tocar con las yemas de los dedos porque no se ve en la superficie; es sufrir por lo que aún no nos duele y un modo de aplazar ciertas cosas perturbadoras. Mirar al toro de frente y esperarlo en su embestida. Escribir es temer la inminencia de algo terrible.

Es también una forma de no saber. No saber el detalle o la forma de lo que uno va a contar y entonces hay que salir a averiguarlo. Como diría Bolaño: escribir es ser el detective de uno mismo, comprender un caso difícil sin caras ni testigos. Todo está en algún lado y el escritor lanza sus redes al vacío, a la zona más profunda del agua. A veces, a la más aterradora. El fondo del mar está lleno de metáforas que describen la escritura: sumergirse, abrir los ojos y ver la oscuridad, percibir extraños peces de luz. El corazón, bajo el agua, es un lejano tam tam, un corazón revelador. Escribir es seguir ese ritmo, asediarlo, interrogarlo. Poe enseñó a los jóvenes soñadores que uno debe perseguir esos tambores lejanos. ¿Qué hay en ellos? Tal vez una cierta locura creativa, como en Kurtz, como en Lord Jim.

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Hay novelas que transforman la vida de sus lectores para siempre. Mi vida estuvo dibujada por las líneas de Conrad: el Oriente, la culpa, el horror. Kurtz y Jim. La voz de Marlow. Uno vive en los libros lo que la precaria vida es incapaz de ofrecer. Fui a Yakarta y a Singapur buscando a Jim y aún sueño con los enloquecidos tambores de Kurtz a lo largo del demoníaco río. Vivir para escribir, ¿o es al revés? Cada escritor hace su ofrenda. Cada uno se entrega a ese ritual con lo mejor que tiene. Y al final todos estamos solos.

Dice Nietzsche: “Cuando uno mira por largo tiempo el abismo, también el abismo acaba por mirar dentro de uno”. Cada cosa que pensamos estando absortos, caminando por ahí o en cualquier terraza de café, es una frase más de esa otra larga novela que nos perturba e inquieta y que tal vez nunca escribiremos. El libro que uno jamás escribe es el modelo de todos los demás: fragmentarios, torpes, incompletos. Ser escritor es engrosar cada día ese otro libro que nunca se hará visible. Por eso el escritor oscila entre dos polos: su literatura visible y la invisible. Entre lo que escribe y lo que aparta, lo no escrito, pero que es suyo y lo determina.

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